Alzaré mis ojos hacia las montañas

  1. Introducción a serie devocional
  2. Gerundios con Dios
  3. Una incomparable compasión
  4. Sobre el sufrimiento
  5. Lo que el dolor no es
  6. El cuentacuentos
  7. ¡Karl Barth, mi viejo!
  8. Solo para valientes
  9. ¿Dónde habita Cristo?
  10. Cuando el amor de Dios no tiene valor
  11. La iglesia que estorba a Cristo
  12. La foto del año 2020
  13. El Cristo agricultor
  14. Temer y creer a la vez
  15. Siguiendo esquemas y recetas
  16. Cornelio, el nuevo paradigma divino
  17. El rostro de Cristo
  18. El costo de amar como Cristo
  19. Primeros brotes
  20. La savia que da frutos
  21. ¿Muy viejo para cambiar?
  22. Recibir un futuro y una esperanza
  23. Atrapando el atardecer
  24. El templo de Dios
  25. Enfrentando la muerte
  26. Compartiendo el pan
  27. Bajo el alfarero
  28. Alzaré mis ojos hacia las montañas
  29. El carrusel
  30. A la sombra del padre
  31. Cuando no hay atajos
  32. Una charla trascendente
  33. El amor que no intimida
  34. La fe que ilumina
  35. La esperanza
  36. La paciencia de las rocas

Alguna vez tuve el privilegio de conocer esta hermosa parte de la cordillera de los Andes. Un lugar tranquilo, lleno de vida y con un aire refrescante muy difícil de igualar.

Aquel lugar despertaba las más poéticas y profundas reflexiones. Gigantes rocosos, aves a gran altura, fauna montañosa y vegetación robusta. En fin, un paisaje de contemplación infinita.

Mirando esas montañas recordé aquella poesía bíblica:

“Alzaré mis ojos a los montes ¿de dónde vendrá mi socorro?
Mi socorro viene de Dios, quien hizo los cielos y la tierra”

Es probable que quien escribió esas hermosas líneas miraba las montañas y pensaba en la grandeza de Dios. Pero también es probable que debe haber tenido en mente la frecuente costumbre de su época, esa de construir altares paganos en las montañas… incluso al vil dios Moloc, aquel que “recibía” solo infantes.

Así es, tristemente, en un paisaje tan hermoso, donde la naturaleza pregonaba al majestuoso Creador, sus laderas se teñían de rojo porque el hombre era ciego a tanta grandeza.

Hoy, nuestro dios (pagano) probablemente ya no es una piedra, un animal o algún fenómeno atmosférico. Pero aún sigue desviando nuestra atención del Dios real y trascendente. El dinero, un trabajo importante, poder, bienes. Pueden volverse un dios y tomar mayor importancia que la vida misma; y si es así, puede que ni siquiera queramos perder tiempo en una relación con Dios, ya que nos parecerá inútil e infantil.

Ningún esfuerzo humano puede igualarse al socorro del Dios eterno, del Admirable, del Príncipe que nos envuelve con su paz, esa paz que es difícil de entender, pero tan anhelada por nuestro corazón.

El poeta en medio de sus crisis alzaba su mirada al Cielo, evitando distraerse por los altares encendidos. Y aguardaba, hasta que Dios viniera en su socorro

¿Dónde miran nuestros ojos?

¿Aguardando la ansiada vacuna contra el virus?

¿Aguardando el subsidio del Estado?

Hoy pueden ser muy bien recibidas, pero mañana vendrán nuevas crisis, y las “ayudas” de hoy ya no servirán… la única ayuda que se mantiene vigente viene de Dios, quien hizo los cielos y la tierra.

Ramón Andrés Pinto Díaz

Ingeniero y Teólogo, superviviente de cáncer. Pensador del evangelio y peregrino hacia la trascendencia de Cristo.

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