woman placing duct tape on her mouth

Una aplicación de la hermenéutica feminista: acercamiento lealista a Mateo 28:1-10

En Mateo 28:1-10, el autor narra la resurrección de Jesús enfatizando en el papel de dos mujeres que fueron las primeras testigos de este hecho salvífico. Esta historia nos revela que el papel de ellas en la cruz y la tumba es significativo. Incluso si no son consideradas como apóstolas de Jesús, una lectura crítica del texto evidencia que su comportamiento fue mejor que el de los mismos discípulos varones.1 El estudio de este pasaje se hará a través de una hermenéutica lealista, mediante la cual se demostrará cómo la Biblia no es por naturaleza opresiva hacia la mujer, sino que por el contrario permite iluminar la situación de exclusión a la que esta es sometida hoy.

Tal como se argumentó en el artículo anterior, una de las líneas hermenéuticas al hablar del acercamiento lealista consiste en contrastar dos textos y luego, mediante un análisis crítico demostrar que el mensaje de la Biblia en realidad es un mensaje de libertad para la mujer. En este análisis de Mateo 28:1-10 resulta útil realizar dicho contraste para obtener una mejor comprensión del relato sobre la visita de las mujeres a la tumba de Jesús, ya que es lamentable que comúnmente se prefiera la versión de la historia según un Evangelio por encima de los otros, como en este caso, la preferencia a la narrativa según Marcos (16:1-8) que a la de Mateo. Quizás por la conclusión de muchos estudios de que el Evangelio de Marcos es el primero de los Evangelios sinópticos, y por tanto es la fuente de Mateo y Lucas, se ha llegado a creer que la fuente marcana es la mejor fuente de información sobre la vida y la enseñanza de Jesús. Es por ello que, a través de la crítica de la redacción,2 es posible realizar una comparación y en este caso observar el énfasis que le da Mateo a la historia y su aporte con respecto a Marcos.

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Mateo 28:1-4, el encuentro de las mujeres con un ángel.

Uno de los resultados de la crítica de la redacción permite notar que a diferencia de Marcos que menciona a tres mujeres dirigiéndose hacia la tumba (16:1), Mateo inicia narrando que, hacia el amanecer eran solo María Magdalena y María la madre de Jesús las que se dirigían al lugar del entierro con el fin de mirar el sepulcro (28:1), lo cual evoca el momento en el que Jesús envía a sus discípulos de dos en dos delante suyo a todos los lugares donde iba (Mc 6:7; Lc 10:1). La acción de las mujeres de visitar la tumba era común en el judaísmo temprano especialmente luego de transcurrir tres días a partir del entierro, para mediante ello, poder asegurarse de que no hubiese una sepultura prematura del familiar (t. Sem. 8:1).3 Por lo general, en estas visitas eran a menudo las mujeres quienes lloraban o lamentaban a los muertos (2 Sam 13:31; 18:33-19-8; Job 1:20; 2:12-13; Ez 29:30-36; Mc 5:38; Jn 11:33), a diferencia de los hombres que comúnmente concebían estas prácticas como un estereotípico del comportamiento femenino.4 El papel especial de las mujeres en el duelo era una práctica considerada inmunda, ya que cualquier contacto directo con un muerto representaba una fuente de contaminación (Nm 19:11-19; 11Q19 49.1-21; Josefo, Ant. 4.81), y, aunque las mujeres no tocaron el cadáver de Jesús, serían concebidas como contaminadas por el solo hecho de visitar el lugar inmundo de la tumba.

Los versos 2 y 3 narran que repentinamente se produce un terremoto y un ángel del Señor baja del cielo, este se acerca, rueda la piedra que cubre el sepulcro y se sienta sobre ella (28:2). Otro punto clave que se observa como resultado de la crítica de la redacción es que mientras Marcos 16:5 muestra que las mujeres se asustaron ante su encuentro con el joven mensajero de Dios, Mateo afirma que fueron los guardias quienes temblaron de miedo y se quedaron como muertos ante el ángel (Mt 28:4). En el Evangelio de Marcos el temor es evidencia de falta de comprensión (Mc 1:27; 2:12; 5:42; 6:2; 7:37), lo que hace parte de su estrategia literaria más amplia donde a través de su escrito busca mostrar la falta de entendimiento de los primeros seguidores y pretende impulsar a sus lectores a ir más allá y comprender lo que ellos no pudieron.5 Por ende, Marcos presenta a las mujeres con temor a hablar tal como los demás discípulos que habían huido, así, ellas no son peores o mejores que los hombres sino igual de ignorantes.

Mateo describe la apariencia del ángel con majestuosidad al asemejarlo con el blanco de la nieve y el brillo de los rayos, ante lo cual son los guardias romanos ubicados en la entrada de la tumba los que tiemblan de miedo (28:4), lo que además resulta interesante ya que los soldados imperiales eran conocidos por su dureza física y psicológica. La aparición de este ángel mensajero de la resurrección de Jesús resulta en una experiencia de muerte para los guardias, hombres que le vieron pero no escucharon su mensaje, ellos no fueron testigos de la resurrección, pero llegaron a ser testigos de la intervención de Dios en la vida de las mujeres.6

El ángel se dirige a ambas Marías y les dice que no tengan miedo, que Jesús ha resucitado (28:5-6), lo cual muestra que aun cuando estas no estaban inmunes a sentir temor, logran superarlo. El ángel les muestra el sepulcro vacío y les encomienda a estas mujeres una misión: ir rápidamente a proclamar a los discípulos todo lo que habían visto y escuchado (28:7).

Mateo 28:9-10, el encuentro de las mujeres con Jesús.

En estos dos últimos versos de la perícopa, el tema de honor y vergüenza sobresale. En el mundo antiguo eran evidentes las divisiones de género, ya que existían diferentes virtudes y comportamientos que se esperaban de los hombres y las mujeres. Ellos pertenecían a espacios distintos y por lo tanto utilizaban diferentes herramientas mientras realizaban tareas propias de su masculinidad o feminidad. Honor y vergüenza son dos conceptos intrínsecamente enraizados en el mundo mediterráneo judío, por tanto, eran palabras que se utilizaban para hablar del estatus que las distintas personas tenían en la sociedad, siendo este estatus conformado por la combinación de cómo el individuo se percibía a sí mismo y cómo lo hacían los individuos de su entorno.

Como resultado, tanto hombres como mujeres podían ser honrados o avergonzados, aunque se debe reconocer que existía mayor honor en el hecho de ser hombre en comparación con el ser mujer. Ello no significaba que ser mujer en sí era intrínsecamente vergonzoso, sino que la mujer en cierto sentido comenzaba con un déficit en relación al hombre, ya que eran más las cosas que podían socavar su honor o aguantar su vergüenza en la sociedad. Los comportamientos que resultaban en honor para las mujeres y para los hombres eran distintos. La manera en la que un hombre se comportaba (considerada honrosa) estaba orientada hacia afuera y caracterizada por la autoridad, la defensa del honor familiar, el interés por el prestigio y la precedencia, la agresividad, el atrevimiento y audacia, mientras que, para la mujer estos no eran comportamientos considerados honrados. Desde la perspectiva cultural del primer siglo, el comportamiento honroso de la mujer estaba orientado hacia adentro y caracterizado por la moderación, timidez, pasividad, deferencia, interés por la vergüenza, no disposición al riesgo, sumisión a la autoridad masculina, vergüenza no recuperada una vez perdida y exclusivismo sexual.7 En este contexto, las mujeres en la tumba habían sido avergonzadas porque Jesús, el rabino con quienes ellas se relacionaron y decidieron seguirle, ya había sido crucificado y por tanto avergonzado. Cuando Jesús resucita revindica su propio honor y extiende esta reivindicación en primer lugar a las mujeres. Jesús las honra.

En el verso 10 se muestra que Jesús reitera a las mujeres su misión. Ellas no debían temer, sino que debían ir a contarles lo sucedido a los discípulos y a su vez invitarles a ir a Galilea a su encuentro con el resucitado. El testimonio de las mujeres sobre la resurrección de Jesús es un tema de debate al estudiar esta narrativa. Según la ley judía, los testimonios públicos de las mujeres tenían que ser verificados para distinguir si tenían mérito o no, ellas podían llegar a ser colocadas en la misma categoría que los sordomudos, las personas tildadas como dementes y los niños. Al igual que este tipo de personas, las mujeres no tenían legitimación legal en los tribunales judíos y por tanto sus declaraciones como litigantes y como testigos eran consideradas inaceptables, por lo que solo en casos particulares podría haber excepciones (como en los asuntos que involucraban a otras mujeres, particularmente en temas como su virginidad, o en situaciones donde ella era el único fiscal o la única que podía liberar a otra persona de una obligación legal, como por ejemplo al esposo).8

Por medio de la hermenéutica lealista aplicada en la lectura de este pasaje, la cual observa como Mateo narró y ubicó a la mujer en la historia, se identifica el mensaje igualitario y liberador de la Biblia. Las mujeres son las primeras en ver al resucitado y las primeras en proclamar su mensaje. Además, al recibir su misión cargaban con la concepción cultural ya explicada que se tenía de ellas como testigos públicos y, a pesar de que la credibilidad de su voz estaba en juego, ellas cumplieron a cabalidad con el mandato. Las mujeres en la cruz y la tumba fueron las mismas que se quedaron cerca del Jesús crucificado y le visitaron incluso cuando los apóstoles se habían marchado. El Evangelio de Mateo enfatizó que muchas mujeres durante la crucifixión de Jesús solo miraban en silencio desde la distancia (27:55), pero apoyaban su ministerio de Galilea a Jerusalén, indirectamente como discípulas adherentes (Mt 27:55-56; cf. Lc 8:1-3). En medio de la dinámica de la sociedad patriarcal, ellas desempeñaron roles importantes, que Mateo a través de su narrativa en el capítulo 28 describe como igual de significativo que los roles de los discípulos varones y los líderes judíos.

¿Son escuchadas las mujeres en la actualidad?

A través del análisis del trasfondo cultural de Mateo 28:1-10 se pudo profundizar en la condición desfavorable que tenían las mujeres al levantar su voz y testificar, esta situación es una consecuencia del patriarcado que puede observarse en las dinámicas contemporáneas, especialmente con relación a la atención que se presta a la palabra de la mujer. Se entiende por patriarcado al sistema de poder que se fundamenta en utilizar la diferencia sexual como una excusa para la desigualdad cultural a favor del sexo masculino.9 En consecuencia, a partir de las diferencias biológicas se definen las identidades y los roles que debe cumplir cada género, lo cual implica la definición de las responsabilidades y comportamientos para hombres y para mujeres. Ana Mary Risso Ramos explica que estas diferencias no son construidas culturalmente con el fin de ser complementarias, sino que son construidas como opuestos, por lo cual “se establece un doble parámetro que estima y valora social y económicamente los atributos asignados a los hombres, mientras que subestima e infravalora a la mujer y lo femenino”.10 Por consiguiente, la sociedad termina impregnada por los parámetros que inciden en la esfera privada y pública de las mujeres y los hombres.

Risso continúa exponiendo que el patriarcado no solo conlleva a la discriminación y al establecimiento del doble parámetro, sino que menoscaba la legitimidad de la palabra de las mujeres y el conocimiento que estas puedan producir. Como resultado, las ideas que exprese una mujer independientemente de su formación profesional provocarán entre sus colegas varones “dudas razonables” (solo “razonables” desde la perspectiva de sus presuposiciones chovinistas), ya que para aquellos que se guían por las dinámicas del poder patriarcal, “las mujeres son subjetivas, no científicas, exageradas, imaginativas, etc”.11

La posición de inferioridad que ocupa la mujer al querer expresarse puede verse reflejada a través de un término conocido como Mansplaining, este término surge de la composición en inglés de la palabra man (hombre) y del verbo explain (explicar) y se refiere a la actitud de un hombre que explica algo a una persona (en su mayoría mujeres) de un modo condescendiente o paternalista aun cuando él posee un conocimiento incompleto, o cree que conoce más sobre un tema que está siendo tratado por esa mujer, por el simple hecho de ser hombre.12 Como consecuencia, sin importar las evidencias que la mujer ofrezca sobre su conocimiento, el hombre obvia la inteligencia y familiaridad que esta posea respecto al asunto y la infantiliza. De esta manera, el “caballero” se considera con el derecho a corregir (usualmente en público) a cualquier mujer.

Mateo 28 no muestra que los discípulos ignoraron el testimonio de las mujeres o no les creyeron. Sin embargo, Lucas 24:9-12 sí señala la negativa de los apóstoles ante el anuncio de las mujeres. En el Evangelio lucano se muestra cómo los apóstoles no les creyeron a María Magdalena, Juana y María, sino que llegaron a creer solo por medio del testimonio del hombre (el de Pedro) (Lc 24:35). Todos los discípulos a excepción de Pedro —que corre a la tumba al escuchar las noticias sobre Jesús— se mostraron incrédulos ante el testimonio femenino. Lo que sí permite entender el estudio de Mateo 28 es el poco valor del testimonio femenino en la cultura judía, lo cual permite iluminar la situación en la que se encuentra la mujer hoy al levantar su voz en la sociedad y el papel que a la iglesia le corresponde ante dicha problemática.

En la historia de Mateo 28 se evidenció que el relato de las mujeres en la tumba vacía, a pesar de ser narrado de formas distintas por los Evangelistas, no es un texto opresivo o que busque subyugar y ubicar a la mujer en desventaja frente al hombre. La comparación entre la perícopa de Mateo con la de Marcos permitió notar que cada autor de los Evangelios manejó una estrategia literaria distinta y que en medio de las diferencias el mensaje global de la historia es liberador para la mujer. Jesús les encomendó que fueran y predicaran las nuevas noticias a los discípulos hombres, lo que permite notar que, aun con la dinámica compleja en la que las mujeres se desenvolvían, el autor de Mateo consideró importante detallar que el mismo Jesús las retó para ser portavoces y en respuesta ellas no guardaron silencio. La historia de Mateo 28 debe representar un impulso que motive a la iglesia a crear espacios que faciliten el desarrollo y el desenvolvimiento pleno de la voz de la mujer.

Las mujeres en el siglo XXI precisan encontrar lugares dentro de la dinámica eclesial donde puedan conocerse y expresarse, donde sean capacitadas y aprendan a tener iniciativa y a dar a conocer sus puntos de vista con seguridad. Las mujeres necesitan encontrar la oportunidad de servir en ministerios que no se limiten al cuidado de los niños, sino que les permita involucrarse con adolescentes, jóvenes, con otras mujeres y con los hombres. La iglesia no debería ser un lugar que restrinja la diversidad del desarrollo ministerial de la mujer, sino por el contrario, como cuerpo de Cristo está llamada a escuchar la voz femenina.

En la sociedad es común que exista resistencia ante el testimonio de la mujer incluso cuando esta alza la voz para visibilizar una experiencia compartida, su credibilidad es puesta en tela de juicio. Es por ello que permitirles a las mujeres alzar su voz y escucharlas es un gesto feminista, una labor a la que la iglesia ha sido llamada. Las niñas de la iglesia deben habituarse a un mundo donde se les exhorte a escuchar su voz y las voces de las mujeres deben comenzar a amplificarse en los distintos encuentros, los púlpitos y la literatura. En este sentido, las mujeres deben encontrar en el espacio eclesial una oportunidad de expresarse y de ser protagonistas, tal como les permitió Jesús a las dos Marías quienes fueron las primeras misioneras después de la resurrección, con una importante labor: predicar a los apóstoles.

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Colombiana, estudiante de último año de Teología en el Seminario Bíblico de Colombia.

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