woman holding tummy

Lucas 1:39-55, dos mujeres dadoras de vida

Lucas 1:39-55 relata cómo fue para María, una mujer del primer siglo, enterarse de que sería la madre de Dios en la tierra, y cómo fue para Elizabeth descubrir que sería la madre del antecesor del Mesías. Para la lectura de esta perícopa, se implementará la hermenéutica sublimacionista, como se demostró en el primer artículo, esta hermenéutica es utilizada para reconstruir y celebrar la imagen de la mujer a partir del texto bíblico. Así, el estudio de este pasaje de Lucas estará enfocado en el rol que ocupa la figura femenina como dadora y generadora de vida, como portavoz de los desfavorecidos y ejemplo de comprensión.

Lucas 1:39-45, una mujer afortunada y una bienaventurada

Lucas 1:39-56 hace parte de la narración sobre la concepción, el nacimiento y la infancia de Jesús y de Juan el bautista (Lc 1:5-2:52). Los versículos 39 y 40 muestran que luego de que María había escuchado al ángel Gabriel y había creído en su palabra, se dirigía a visitar a su pariente Elizabeth. Considerando que el viaje de María desde Nazaret hasta la tierra montañosa de Judea duraría probablemente de tres a cinco días (dependiendo de la ubicación exacta de Elizabeth) ella fue valiente ya que, además, los caminos podían estar llenos de bandidos que podían poner en riesgo su seguridad, pues viajaba sola.1 El texto especifica que María se dirigió hacia la casa de Elizabeth “con prisa” o “con diligencia”, lo que permite resaltar en la narrativa su obediencia y la relación entre su fe y el designio de Dios. El verso 41 dice que cuando Elizabeth escuchó la llegada y el saludo de María la criatura en su vientre saltó y fue llena del Espíritu Santo.

En el verso 42 se muestra el pronunciamiento de una profecía por parte de Elizabeth. Elizabeth sabe que María ha sido elegida por Dios y que el niño en su vientre tendrá un significado mucho mayor que el de Juan. Según la concepción antigua es el hijo quien confería dignidad a una mujer, por tanto, la bendición tiene su fuente y finalidad en el fruto de María. Así, puede verse cómo el Evangelio de Lucas tiene su apertura con la bendición concedida a María y a Jesús y se cierra con la bendición del resucitado hacia sus discípulos (24:50). El verso 43 inicia con una pregunta retórica donde Elizabeth declara que María es la madre de su Señor, además, este verso junto con el 44 demuestran la humildad de Elizabeth ante María que a su vez alude a la humildad de Juan ante Jesús en la escena bautismal de Mateo (Mt 3:13-15).2 En el verso 45, Lucas —quien anteriormente había enfatizado en la incredulidad de Zacarías frente al anuncio del embarazo de su esposa (1:20)— ahora por medio de una bienaventuranza resalta el actuar lleno de fe de María ya descrito en el verso 38.

El actuar de María se destaca no solo en esta sección de la narrativa, sino a lo largo del capítulo 1 de Lucas. El verso 1:28 permite notar que Dios le promete a María estar con ella. La palabra utilizada en el saludo del ángel hacia María (Rogocíjate) era común, pero el rango y la posición dentro de la sociedad determinaba a quien se debía saludar y con cuales palabras.3 María era una mujer soltera y joven de doce o catorce años que no poseía ninguna posición social. Así que ni este saludo ni la promesa de que el Señor estaría con ella eran tradicionales, sin embargo, Dios había prometido estar con ella incluso antes de que estuviera con nosotros (Mateo 1:23).

Lucas 1:28 también muestra que María a diferencia de Zacarías y Elizabeth es la primera que recibe el anuncio de su concepción; además, el ángel, al declarar que ella concebirá, no menciona a José. Por el contrario, José queda relegado a un segundo plano, y solo es mencionado como aquel con quien María está comprometida; es a María a quien el ángel dice que el niño recibirá el trono de David su padre. Ella sin ayuda de un hombre y solo por medio de la intervención directa de la Ruah4 engendrará al salvador del mundo y lo nombrará Jesús (1:31). La historia de María está vinculada con la de Elizabeth, su prima que concebirá contra todo pronóstico en la vejez; ambas demostrarán que ninguna palabra de Dios será imposible (1:36-37).

Lucas 1:46-55, la voz de una elegida

Esta sección se destaca en la narración por ser el himno que María eleva hacia Dios; el cántico es conocido como el Magnificat, llamado así por la palabra inicial que se encuentra desde la versión en latín. Este himno puede dividirse en dos partes: 1:46-50 y 1:51-55. La primera parte se centra en María y la segunda parte a partir de la experiencia de María habla de la relación de Dios con toda la humanidad. En su canción, María alaba a Dios y reconoce que el hijo en su vientre traerá la salvación demostrando el cumplimiento a las antiguas profecías. El himno que canta María es un salmo personal de adoración, paralelo a las tradiciones consignadas en el Antiguo Testamento donde las personas cantaban como respuesta al obrar de Dios (Ex 15:1-21; Jue 5:1-31; 1 S 21-10; 1 Cr 16:7-36).5

Las dos primeras líneas del himno conforman un paralelismo sinónimo que refleja un sentimiento de celebración evidenciado a través del término, “regocijo” en el verso 47, cuyo significado quiere decir alegría como en 1:14 y en 1:44. Los versos 48a y 49a son también sinónimos porque presentan una descripción del mismo evento, pero también se puede observar en ellos un contraste entre los términos “humilde y grande”. María se concibe a sí misma como humilde; el término, “sierva” expresa la designación de María en 1:38 y no se refiere solo a una actitud de humillación sino que refleja una condición objetiva enumerada a lo largo del cántico. María ocupó una posición de pobreza y desventaja en la sociedad.

En el versículo 49 María expresa que grandes son las cosas que ha hecho el poderoso a través de ella. El pronombre griego que traduce como “por mí” o “a través de mí” por ser un dativo instrumental, permite ver que Lucas quería mostrar el impacto del obrar de Dios a través de María en la sociedad en la que ella se encontraba y la relevancia de dicho impacto para las siguientes generaciones (1:50), es decir, que lo que Dios ha hecho en María ahora contiene un alcance universal. María ha sido elegida como instrumento, su voz pide cambios que derroquen a los poderosos y brinden alimento a los pobres (1:51-53).

En este himno, María predica como profeta de los pobres. Ella es una mujer humilde que ha sufrido, pero ha sido vindicada y ahora representa la esperanza de los que esperan por justicia. Ella usa su voz para proclamar la grandeza de Dios y su justicia a favor de los humillados. El Magnificat termina con los versos 54 y 55 donde María recuerda las promesas y fidelidad de Dios para Israel a través de su pacto con Abraham (Dt 7:7-8).

Características femeninas a partir de una hermenéutica sublimacionista

Una lectura sublimacionista de Lucas 1:39-55 permite notar las virtudes de María y Elizabeth como manifestaciones ejemplares de su feminidad. El texto describe que Elizabeth fue una mujer llena de compasión y comprensión que aceptó el llamado, no solo de su hijo, sino de su pariente María y del hijo que esta también cargaba en su vientre. Elizabeth fue un apoyo para María, quien a su vez aceptó su misión y no solo se limitó a concebir a Jesús, sino que fue una profetisa que por medio de su canto levantó la voz celebrando lo que Dios ya estaba empezando a realizar por medio del niño en su vientre. María proclamó que Dios exaltaría a los humildes y a los hambrientos y que humillaría a los orgullosos y poderosos. Ella en la anunciación se convirtió en la primera discípula de Jesús que escucha y acepta las buenas nuevas de la identidad de Cristo como el Mesías y el Hijo de Dios. De esta manera, un acercamiento sublimacionista al texto de Lucas permite ver que la mujer se destaca no solo por su cualidad única de dar vida, sino por su comprensión o compasión respecto al prójimo. La mujer no tiene por qué encajar en la figura masculina, la hermenéutica sublimacionista invita a concebir a la mujer como distinta y con derecho a serlo y a vivir bajo el marco de esa diferencia.

El análisis sublimacionista de Lucas 1:39-55 permite elevar la imagen de la mujer a través de María, que al concebir a Jesús colaboró para que llegara la vida a toda la humanidad. Esta es una virtud, una posibilidad que solo fue otorgada a la mujer y que la hace única. Curiosamente no siempre se ha reconocido la imagen de la mujer como dadora de vida. Aristóteles fue un filósofo griego que representa una de las mayores figuras intelectuales de la historia occidental. Según él, la hembra es un hombre incompleto ya que carece de la capacidad de confeccionar nutrientes en forma de semen. A diferencia del macho que aporta a la generación la forma, o principio del movimiento, la hembra solo proporciona el cuerpo. Aristóteles considera al macho activo, causante del movimiento, y a la hembra, pasiva, solo puesta en movimiento por el hombre (Aristóteles, Gen. an. 737a24). El filósofo también argumenta que además de la inferioridad biológica, la mujer debe estar sujeta al hombre por su inferioridad psicológica y moral.

El pensamiento de Aristóteles solo refleja la idea de superioridad biológica que se tenía del hombre y que se asociaba a su posesión del falo y a la producción de semen. Dicha idea dio lugar a la creencia de que el varón poseía el elemento generador de la vida y la mujer era un mero recipiente, “una caja del semen creador”.6 Una lectura feminista sublimacionista de textos como el de Lucas 1:39-55 permite no solo reconocer la alteridad de lo femenino sino también rescatar la unicidad de la mujer y librarla de ideas erróneas como esta que impiden su desenvolvimiento y protagonismo en capacidades innatas como lo es el poder dar vida.

Una iglesia que exalte a la mujer

La iglesia debe ser un ejemplo para las niñas, jóvenes y adultas en proceso de formación. Las mujeres precisan encontrar en el ámbito eclesial un lugar que reafirme su identidad, su imagen y símbolo único y distintivo ante los hombres. En el texto de Lucas se pudo notar cómo Elizabeth y María representan a la mujer como símbolo de dadora de vida y llena de comprensión (o compasión) por el prójimo. La perícopa mostró que María sin temor enfrentó su misión y levantó su voz a favor de otros, es decir, su labor de dar vida no le limitó a ser madre, sino que al ser portavoz de los humildes y menesterosos fue usada por Dios. Gracias a historias como la estudiada se puede ver que, en medio de las cualidades propias de la mujer, esta desempeña un papel igual de importante al del hombre ante Dios. La iglesia en vez de distorsionar esta verdad debe reafirmarla a través de lo que enseñe. El género femenino no debe intentar encajar en las expectativas o los modelos establecidos por el género masculino, sino que debe entender que sus características son únicas y distintas a las de los hombres y por tanto las diferencias no deben ser motivo para el establecimiento de jerarquías entre ambos. Por ello la educación eclesial debe permitirle a la mujer ser quien es y explotar las cualidades únicas que posee.

El entorno eclesial se convierte en un ambiente hostil para el crecimiento y el desarrollo de la mujer cuando ideas como, “A las mujeres no se les puede entender sino amar”, continúan infiltradas en los espacios eclesiales cotidianos. Esta idea social construida por el patriarcado suscita el hecho de que las niñas en vez de encontrarse en un lugar donde puedan desenvolverse con libertad, se desarrollen con una culpa interiorizada. Dicha culpa puede ser generada por el hecho de ser diferentes y por ser catalogadas como, “demasiado complejas para ser entendidas”, llegando a crecer con el sentimiento de insuficiencia o de extrañeza con ellas mismas. Esta idea misógina es contraproducente con el empoderamiento femenino, donde se busca que la mujer se apropie de quien es, se conozca y se ame concibiéndose sin la necesidad de encajar o agradar al hombre y con la necesidad de servir a Dios con lo que es y con la libertad que él le da de conocerse y apropiarse de sí misma.

El peligro de la aplicación sublimacionista

En medio de la utilidad de la hermenéutica sublimacionista, se debe admitir el riesgo que hay en su aplicación. Gracias a esta perspectiva hermenéutica pueden sobresalir características distintivas que permiten elevar a la mujer de su posición sumisa; sin embargo, en la sociedad, los atributos como dar vida y ser comprensiva pueden llegar a etiquetar a la mujer hasta el punto de encasillarla dentro de los rasgos que se esperan de ella. Por ello, es preciso reconocer que el peligro de la hermenéutica sublimacionista es que esta puede reforzar un esencialismo de la feminidad. Es decir, cuando se realizan imposiciones normativas que la mujer debe cumplir en su interacción social bajo la idea de que hay ciertos comportamientos que son esencialmente femeninos, la libertad de esta para desenvolverse se ve deteriorada por las etiquetas que la subyugan. Estas ideas estereotípicas femeninas no surgieron de la nada, hay diversas razones sociales y biológicas que permiten explicar el origen de ciertos comportamientos distintivos en los hombres y en las mujeres, pero estas han llegado a ser usadas para oprimir a la mujer y excusar dicha dinámica patriarcal.

Los rasgos biológicos particulares que puede tener un ser humano no tienen por qué limitar la descripción de lo que es feminidad, ya que la mujer y el hombre son más que meramente biología. Es cierto que se pueden llegar a presentar rasgos específicos en un sexo más que en el otro y que por tanto hay ciertas tendencias de rasgos tanto en mujeres como en hombres, pero esta realidad se puede reconocer sin caer en el esencialismo. Por el contrario, si se insiste en la práctica patriarcal del esencialismo, se podría llegar a negar que la mujer puede poseer los rasgos que popularmente se conciben como opuestos a las tendencias consideradas comúnmente femeninas, al igual que en el caso del hombre.

Un ejemplo de lo anterior es el rasgo de compasión que se puede rescatar de María y Elizabeth a partir de la lectura de Lucas 1:39-55. Es cierto que las mujeres son compasivas y quizás esta característica tiende a ser más visible que en el caso de los hombres. Sin embargo, un ejemplo que desmiente la compasión como característica esencialmente femenina es el de Jesús y la forma en que es presentado como altamente misericordioso y compasivo en los Evangelios (Mt 6:14; 9:35-38; 15:32-38; 20:29-34; Mc 1:40-42; 6:34; Lc 7:11-15; Jn 11:38-44). O, por otro lado, consideremos Jade, una mujer que aparece en Jueces 4:17-21; ella se destaca en la historia precisamente por su falta de compasión y aun así es elogiada. De tal manera que se puede notar que las cualidades resaltadas por un enfoque sublimacionista no se deben ver como universal y exclusivamente femeninas y no tienen por qué regir las dinámicas relacionales entre los hombres y mujeres.

Sublimación y sororidad: más allá del quietismo

Como mencioné anteriormente, una mirada sublimacionista a Lucas 1:39-56 resalta a las mujeres de la historia como dadoras de vida y comprensivas o compasivas. Dichos rasgos han sido esencialmente visibles en actividades maternales, las cuales suelen limitarse a la esfera doméstica y no a la política. Por esta razón, una vulnerabilidad del acercamiento sublimacionista podría ser su tendencia a romantizar a la mujer de manera que también la aleje del mundo real, público y político. Sin embargo, la lectura sublimacionista del Magnificat muestra a María directamente en su capacidad de dar la vida, pero como una figura robustamente política y no limitada a lo doméstico.

Por otra parte, el atributo de comprensión o compasión tampoco se limita al área doméstica o personal de la mujer, la mirada sublimacionista también permite observar en Lucas 1:39-55 el apoyo que fue Elizabeth para María, lo que a su vez representa una invitación a evaluar la forma en la que las mujeres están manejando sus relaciones unas con otras en la actualidad. Elizabeth bendijo a María en la misión que le había sido encomendada y creyó que verdaderamente ella había sido llamada, lo que demuestra que ciertamente a las mujeres no solo les corresponde reconocer “su otredad” respecto a los hombres, sino que precisan unirse y evidenciar sororidad entre ellas, por lo tanto, la iglesia debe ser un espacio que refleje y fomente esa unión desde el liderazgo. Es lamentable que las mujeres comúnmente tengan más solidaridad de clase con los varones que ofician de jefes, compañeros, parejas, maridos, etcétera, que con las propias mujeres con las que, muchas veces se llega a compartir la opresión específica del patriarcado.7

El término sororidad puede definirse como la hermandad entre mujeres, como aquel espacio existencial que les permite vincularse, moverse y sostenerse unas a otras. La falta de sororidad queda evidenciada en las dinámicas cotidianas, a través de la complicidad con esos micromachismos al parecer inofensivos, pero altamente destructivos. No hay sororidad cuando se es consciente de que un hombre está rozando con el acoso o maltrato (físico o verbal) a una mujer, pero por la amistad o por evitar causar malestar no se le confronta. No hay sororidad cuando se conoce que una mujer está siendo víctima de microagresiones pero no se le ofrece ayuda. No hay sororidad cuando se le critica a otra mujer por su aspecto físico o por no cumplir con los estándares de belleza esperados, o cuando se le critica por ser bella y se piensa que por tal razón no es lo suficientemente inteligente, capaz y amigable, sino por el contrario, se le señala como creída y superficial. No hay sororidad cuando se le juzga por seguir soltera o por preferir no tener hijos, cuando se piensa que ser amiga de hombres es mejor porque son menos chismosos y más nobles que las mujeres que solo saben ser malas entre sí mismas. No hay sororidad cuando se opta por reírse de un chiste evidentemente patriarcal y misógino o cuando se decide quedarse callada y no corregir el comportamiento de quienes lo dicen.

La sororidad va más allá de apoyarnos entre mujeres, también se trata de enfrentar a aquellos que continúan ejerciendo estas dinámicas opresivas, sin importar que sean amigos, hermanos, conocidos o parejas; la sororidad demanda que hablemos y actuemos en defensa de otras mujeres que como nosotras enfrentan estas situaciones letales. A pesar de ser la sororidad un concepto moderno, la historia de María y Elizabeth sí debe representar una invitación a que las relaciones entre las mujeres puedan fortalecerse ya que esa es la única opción efectiva para luchar con el patriarcado. Cambiar el ambiente hostil en el que a menudo las mujeres se ven involucradas puede lograrse solo si las mujeres propician ese cambio en unidad y no competitividad.

Conclusión

La historia de María y su escogencia como la madre del salvador del mundo demuestra que es digna de imitación no solo por ser la primera de los discípulos de Cristo, sino por el mensaje que profesó a través del Magníficat. La voz de María trascendió el género y el estado económico. Es por ello que Lucas 1:39-55 se puede usar como un ejemplo de cómo se interpreta y se predica sobre la imagen bíblica de la mujer y cómo se anima a las mujeres en la iglesia hoy a explotar, trabajar y vivir con libertad las cualidades que la representan. La invitación de la hermenéutica sublimacionista no solo es un incentivo a reconocer que como mujeres nos destacan características singulares que nos hacen únicas respecto a los hombres, sino que es un motivo de abrazar a las demás mujeres y en unidad levantarnos, reconociendo que el feminismo siempre será colectivo.


Bibliografía

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  • Keener, Craig S. Comentario del contexto cultural de la Biblia: Nuevo Testamento. Trad. de Nelda Bedford de Gaydou et al. El Paso, TX: Mundo Hispano, 2003.
  • Molas Font, María Dolors, et al. La violencia de género en la antigüedad. Instituto de la Mujer 97. Madrid: Instituto de la Mujer, 2006.

Colombiana, estudiante de último año de Teología en el Seminario Bíblico de Colombia.

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