Lo que desaprendí del cristianismo pop

Creer en la supremacía del cristianismo es otra forma de idolatría

Junior Zapata
 
 

Esta frase me caló hasta lo más profundo hace unos meses y desde entonces pienso a diario que la iglesia -nosotros, los creyentes- necesita autocrítica. Así que debo empezar por mí: He sido defensora del increíble proceso de formación de la iglesia a la cual pertenecí por 9 años, invitando amigos, familiares y compañeros de universidad mes a mes, recomendándolo al igual que su música, libros y grupos de conexión como algo totalmente innovador y capaz por sí mismo de transformar vidas. Soy cristiana desde hace 15 años, y como muchos de ustedes he estado en congresos, reuniones de liderazgo, procesos de formación, encuentros, niveles, pasos, lanzamientos de producciones discográficas, en fin, todo lo que ya ustedes saben que pasa en una iglesia cristiana de corte emergente.

Pero desde hace unos meses me he cuestionado si algunas de las prácticas a las que ya estaba tan acostumbrada son realmente necesarias, llegando a concluir que no por consumir productos cristianos: libros música y películas desechando absolutamente todo lo secular, soy más cristiana. No por frecuentar únicamente los cafés y librerías que rodean la iglesia, en vez de subir unas cuantas cuadras más para irme de rumba, entonces soy más cristiana. He sido idólatra de mi congregación y del cristianismo como sistema, creyendo en su supremacía cuando me siento superior moralmente con respecto a personas que tienen otros hábitos o religiones solo por lo que consumo, porque no me emborracho y decidí llegar virgen al matrimonio. Me he sentido menos que otros cristianos cuando no he logrado coronar la meta suprema que es ser líder y casarme con un creyente maduro, o cuando por mi situación económica no podía asistir a todas las actividades que -excepto los lunes- acaparan toda la semana con actividades que nos mantienen ocupados siendo “muy espirituales”.

Jesús vendrá por una iglesia pura y sin mancha, es cierto, sin embargo a medida que el cristianismo se ha convertido cada vez más en un sistema con diferentes métodos, se ha perdido cada vez más su esencia, eso que de raíz significaba seguir a Jesús para pasar a convertirse en una religión más, sin ofender. Una religión es precisamente ese sistema de cosas que hacemos para, en teoría, acercarnos o mantenernos más cerca de Dios. Ahora, pensemos, si cada uno de estos modelos cree tener la razón absoluta por encima de las demás y cada denominación o iglesia emergente garantiza tener todas las respuestas que las otras no tienen, se va desvaneciendo algo que era fundamental en la idea original de Jesús y es la unidad entre nosotros.

Parte de la responsabilidad de la división de la iglesia no está en las denominaciones, puesto que al no tratarse de métodos ni de sistemas sino de Jesús, estos métodos en sí mismos son útiles y cada quien se puede sentir identificado o más cómodo en uno de estos modelos en particular, y no pasa nada, el problema está en la idolatría que muchas veces generamos hacia ciertos líderes y a los sistemas creados a partir de denominaciones o de iglesias emergentes, o incluso a partir de modas americanas o australianas, en todo caso cabe aclararnos algo a nosotros mismos para empezar con esta autocrítica: creer en la supremacía del cristianismo o de una denominación en particular, es idolatría.

Si el sistema que seguimos nos parece que es infalible e incuestionable, pues estamos idolatrando ese sistema o esa denominación, en vez de tener en el centro de nuestra adoración a Dios y por supuesto no es lo mismo. Para poder volver al evangelio puro, a lo básico, es bueno partir de identificar qué estamos practicando que no significa necesariamente seguir a Jesús, y es esto de lo que les vengo a hablar en este video, pero en este video  me enfocaré en las iglesias emergentes puesto que son las más atractivas para los jóvenes y las que más controversia generan. Para ahorrarles el orgullo espiritual a los que por el contrario asisten a iglesias tradicionales, créanme esto no se trata de comparar por decir cual es mejor o peor, se trata de a quién seguimos finalmente, así que en una autocrítica entramos todos. 

Por denominaciones entendemos que son los menonitas, bautistas, evangélicos, metodistas, pentecostales, entre otros; en respuesta al legalismo, a lo poco atractivas que podían ser para los jóvenes o a la estigmatización que se podía llegar a presentar en estas congregaciones surgieron las llamadas iglesias emergentes. Pero probablemente al querer establecer un nuevo modelo distinto al de las denominaciones tradicionales se crearon nuevos sistemas con otro tipo de rituales y procesos que volvieron a complicar un poco las cosas arrastrándonos nuevamente a la religión y al legalismo. Tal vez las iglesias emergentes son las más criticadas por el uso de las luces en los cultos,  permitir que sus miembros se tatúen, entre muchas otras prácticas un poco más liberales que hacen que los cristianos más conservadores se escandalicen; pero desde mi punto de vista lo que más se les cuestiona es lo menos relevante.

En América Latina tenemos por costumbre adoptar modas norteamericanas, europeas y australianas con la esperanza tal vez que al ajustar estos modelos contemporáneos a nuestras congregaciones vamos a despertar un avivamiento en nuestros países, de ahí que se hayan adoptado estos modelos buscando principalmente acercar a jóvenes entre 15 y 28 años a la fe cristiana. En el libro “Reinventando la iglesia”, de Brian McLaren, se plantea que la iglesia emergente es la solución a la falta de interés de las personas por conocer a Jesús, de ahí que se proponen modelos posmodernos y sin credos oficiales, es decir fuera de dichas denominaciones. Hay algo que considero no podemos seguirnos permitiendo a nosotros mismos y es ser creyentes sin criterio, que hacemos las cosas pero sin saber por qué, mi intención con este video es que una vez identifiquemos las añadiduras, la parafernalia y las cosas innecesarias a la hora de seguir a Jesús, podamos aprovechar las herramientas que nuestra congregación nos ofrece sin que eso nos distraiga de lo que realmente importa que es seguir a Cristo, pues ningún sistema, célula, modelo de los 12 o los 144,  proceso de formación, curso de servidores o escuela de líderes reemplaza o define una relación con Jesús; puede aportar muchísimo a esta, sí, pero no deberían vendernos estos procesos como el fundamento para una relación con Dios.

Y ahí está el punto: iglesias que venden experiencias nos convierten a los cristianos en simples consumidores de las mismas y convierten la fe en un mercado en el que de paso parece que subestiman nuestra inteligencia al no escatimar en vender libros y producciones discográficas, convirtiendo el púlpito en una plataforma de ventas, entre pastores e iglesias aliadas, claro está. 

Existen 4 tipos de iglesias emergentes, pero las más comunes son el modelo deconstruccionalista y el fundamentalista. A estos podemos agregar el neo-pentecostalismo y el movimiento carismático, ambos surgieron también en respuesta a modelos tradicionales. 

El modelo deconstruccionalista es quizás el más usado de las iglesias emergentes, yo lo defino como el cristianismo pop eufórico: Contenido audiovisual llamativo, consumo de experiencias y productos cristianos y una predicación basada en la teología de la prosperidad y de la auto edificación. Para darles un contexto, estas iglesias se empezaron a generar a mediados y finales de los 80’s, y no pertenecen a ninguna denominación, aunque algunas congregaciones con este modelo han adoptado prácticas,  principalmente el bautismo en el Espíritu Santo y del movimiento carismático, que según tengo entendido es como una disidencia del catolicismo. Para que tengan una referencia musical y visual, están las iglesias como Hillsong, G12 (antes MCI), Su Presencia, Ikon (antes Christian Life Church), entre otras.

Lo de pop eufórico no es más que un sobrenombre o un apodo para ese tipo de cristianismo que es completamente influenciado por la posmodernidad y más todavía por la sobremodernidad. La sobremodernidad se refiere al hecho que a la gente ya no le gusta adquirir productos sino experiencias y esto, así nos parezca irónico, es algo de lo que el cristianismo no se salva, estamos totalmente permeados por esta forma de consumo: el CD de moda, la banda que se reinventa cada año buscando vender, el libro clichesudo que repite lo dicho en los sermones, eslogans baratos, marketing, merchandising y todo lo que nos pueda generar más visitas y tendencias cool para atraer más y más personas a Jesús o hacernos creer que somos diferentes y escogidos y que, por supuesto, “los cristianos no somos aburridos”, aunque nos terminemos viendo todos iguales.

Los cultos cristianos de esta corriente generan experiencias gratificantes, pop, escarchadas y divertidas que nos convierten en consumidores de la cultura pop cristiana, de luces, eventos, conciertos, congresos, cantantes y bandas cool, modas outfits, y todo lo que nos hace identificarnos unos con otros dentro de una comunidad. También cuentan con un proceso de formación o discipulado: entre encuentros, eventos, cursos, reuniones, niveles, escuela de líderes, ministraciones que te prometen alcanzar tu potencial y el éxito espiritual una vez lo finalices, y lo cierto es que lo único que logras es ser un líder más que tiene que pararse luego a intentar motivar a otros a hacer estos procesos, pero rara vez te enseñan lo que Jesús ya hizo en la cruz para que puedas relacionarte con Dios con libertad y sin tener que cumplir un montón de requisitos para ser aceptado por Él.

Practicar este tipo de cosas no significan que estemos siguiendo a Cristo necesariamente, pero alivianan, distraen y entretienen, nos ayuda a crear una cultura de consumo llena de actividades que nos mantienen ocupados, aparentemente creciendo espiritualmente, pero que muchas veces lo que hacen es ayudarnos a crecer en el sistema específico de la iglesia, por eso para nuevos creyentes puede ser un poco confuso, y al no estar “ligados” a ninguna denominación su confesión de fe no queda totalmente clara, más bien son iglesias con procesos de formación creados dentro de la misma congregación que nos hacen generar como una atmósfera de superioridad moral  porque oramos, porque ayunamos, porque consumimos productos cristianos, música cristiana, películas y libros cristianos y porque hacemos un montón de actividades dentro de la iglesia que nos mantienen alejados del mundo, y que nos prometen que cumplir con todos estos procesos nos llevará al éxito espiritual y a un mayor crecimiento en todas las áreas de nuestra vida.

Estas iglesias han adoptado lo que conocemos como “la teología de la prosperidad”, que pone el énfasis en lo que nosotros hacemos en vez de ponerlo en la obra de Jesús en la cruz; los modelos de la cultura cristiana pop eufórica son personas muy cool con estándares de vida basados, por supuesto, en principios bíblicos que nos prometen mayor prosperidad si hacemos lo mismo que ellos. Visualmente son iglesias muy llamativas, con producciones audiovisuales espectaculares que nos invitan a vivir a Jesús en comunidad y vivir estas experiencias, que aunque se ven muy lindas no transforman, aunque nos mantienen hiper ocupados no transforman, puesto que, repito: ponen el énfasis en nuestras obras, y el evangelio en esencia se trata de lo que Jesús ya hizo. 

Los cristianos tendemos a seguir modelos y a convertir una idea de un predicador o personaje icónico en una ley que hay que seguir a cabalidad, tenemos como ejemplo la cultura de la pureza cristiana, que empezó en los 90 con la idea de un joven de apenas 20 años, Joshua Harris, y su libro “Le dije adiós a las citas amorosas”, libro que nos hizo creer en algo así como “la teología de la prosperidad sexual” como garante de un matrimonio exitoso y un repelente automático de la soltería; si en la teología de la prosperidad a veces tengo que pactar con plata para que Dios me bendiga financieramente o ministerialmente, en la teología de la prosperidad sexual tengo que practicar la abstinencia sexual y guardar una distancia física y emocional estricta con personas que me pueden atraer, incluso tener un montón de reglas a nivel físico con mi pareja como un pacto que garantiza que, en respuesta, Dios me dará una pareja perfecta y una vida sexual plena desde la noche de bodas.

Según estos modelos eclesiásticos y también según nuestras estrellas de la cultura pop cristiana eufórica hipster.jpg, entre más avanzamos en los procesos de formación de estas iglesias, más espirituales somos; se nos transmite la idea de que cuanto más alto está una persona en la jerarquía de la denominación es más espiritual, tiene más intimidad con Dios, conoce más la Biblia e incluso tiene más poder espiritual  o unción. Y esto es elitismo espiritual, my friends.  También se nos invita a estar siempre ocupados  puesto que cuanto mayor sea el servicio demostrado a la denominación o mayor sea la adulación, más rápido aumentará la jerarquía. Tendemos a convertir en influencers a todo aquel que llega a una posición de autoridad en la congregación, dándole el beneficio de que todo lo que diga es palabra de Dios, les llamamos ungidos, profetas, apóstoles y les creemos cualquier frase por más que sea un cliché

Esta es una invitación a replantearnos nuestra relación con Jesús y con nuestras maneras de “hacer iglesia”. Para poder mejorar tenemos que partir de identificar lo negativo, lo innecesario, lo que nos está distrayendo de lo esencial y volver a lo básico. Tal vez así, más allá de la idolatría a nuestros sistemas, nos encontremos con que seguir a Jesús es mucho más sencillo de lo que estos modelos plantean.

Artista plástica de la ASAB y realizadora audiovisual. Actualmente vivo en Bogotá, tengo 30 años y soy cristiana hace 15 años. Estudié en YWAM en Nuremberg Alemania donde pude aprender algunas herramientas para compartir el evangelio a través del arte.

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