El colonialismo espiritual y Apocalipsis 5

 
 

¡Hola, gente! No se imaginan cuánto me alegra poder darles la bienvenida a este nuevo episodio de Notas Sueltas. Este es un espacio para compartir vivencias y reflexiones sobre la fe y que ustedes estén ahí al otro lado, escuchando esto, haciéndole eco a estas inquietudes que les comparto, significa mucho. Gracias por su compañía y espero que disfruten el episodio de hoy.

Vamos a hablar de colonialismo espiritual, de mentalidad colonialista en la iglesia. ¿Cómo así? Bueno, este es un tema muy amplio y con muchas aristas, como todos los temas de los que me gusta hablar a mí. Pero, como de costumbre, me gusta abordarlo desde la experiencia, con ese filtro inevitable de mi historia personal.

Entonces tengo que contarles que las comunidades cristianas en las que pasé mis años de niñez y juventud fueron fundadas y administradas por misioneros extranjeros. Ustedes seguramente los han visto, o sea, no a los que yo conocí, pero a esos misioneros que vienen de Europa o de Estados Unidos a predicar, enseñar, bautizar, a veces a quedarse a vivir aquí. 

No sé cómo será en el resto de Latinoamérica, pero en Colombia hay una fascinación con los extranjeros. Bueno, con los extranjeros de apariencia caucásica: rubios, altos, blancos, ojos azules. Los venezolanos, los sirios y otros extranjeros no nos llaman mucho la atención. Y en el mundillo de la iglesia pues yo siempre vi a estos hermanitos, con sus esposas y familias, tan bonitos, tan bien puestos, tan rubios como los ángeles (ahorita vamos a hablar de por qué creemos que los ángeles son rubios)… Y bueno, ese cariño especial tan colombiano que recibían: nos reíamos de todos sus chistes, convertíamos en anécdotas todas sus experiencias, queríamos verlos comiendo tamales, poniéndose una ruana, jugando fútbol con nosotros, diciendo “entonces qué parcero”… era toda una curiosidad tener a esa gente de otro mundo, del otro lado del charco, entre nosotros!

Sin dejar de lado la buena voluntad de servicio y el regalo que estos hermanos fueron para nosotros con su servicio, con su sencillez en la mayoría de los casos, con su ejemplo de dedicación al trabajo en favor de la iglesia, no se puede negar que de cierto modo los veíamos superiores, a ellos y a todo lo que representaban. Puntualmente en el movimiento de los Hermanos existe esta idea, que es un distintivo de ese tipo de comunidades, de una administración plural en cada iglesia local a cargo de ancianos, sin un pastor principal, y de un sacerdocio igualitario entre los varones que cumplieran los requisitos de estar en comunión y tener buen testimonio.

Pero, de algún modo, los misioneros como que estaban por encima de eso. Y no es que lo enseñaran de manera explícita, ni nada así. Todo lo contrario, siempre recuerdo a los misioneros instruir a los líderes locales a ejercer su liderazgo sin desarrollar dependencia, pero de cierta manera esa dependencia siempre existió en la práctica. Había como esa idea de que los misioneros predicaban mejor, sabían más de la Biblia, porque eran más estudiados, eran más inteligentes, criaban mejor a sus hijos y tenían mejor visión para resolver problemas. Es más, como que parecían hasta más santos. Y cuando no sabíamos qué hacer con un problema local, llamábamos a los misioneros a ver ellos qué decían. Era inevitable mirarlos desde abajo.

Insisto, esto para nada fue algo impuesto o promovido directamente por ellos. Pero entre líneas era una realidad que existía. Y creo que la explicación está, precisamente, en nuestro pasado colonial, en esa mentalidad que se nos ha incrustado a fuerza de siglos de que lo de afuera es superior. Sucede que nuestro pasado colonial nos pasa factura más de lo que quisiéramos reconocer.

Claro, si nos vamos a poner a hablar del colonialismo como fenómeno histórico, puntualmente del colonialismo en América, hay mucha tela para cortar. Tendríamos que hablar de cómo las potencias europeas se repartieron los territorios de nuestro continente para ampliar sus dominios y, obviamente, sus riquezas. Tendríamos que hablar de cómo nos impusieron su religión, su idioma y su cultura a sangre y fuego, aunque claro, tampoco es tan blanco y negro… obviamente salimos también beneficiados de este choque cultural, pero fue un proceso brutal, fuerte, muy fuerte y con muchas consecuencias que aún repercuten en nuestras sociedades, en la manera en la que vemos la vida y, como no, la fe. Incluso, tendríamos que hablar mucho, con una visión muy crítica del papel de la religión cristiana en los fenómenos sociales del nuevo mundo, como la esclavitud, la segregación racial, las estructuras machistas, la desigualdad social…

Pero quedémonos en la herencia cultural del eurocentrismo que vino a colonizarnos hace 5 siglos, específicamente en términos de la fe. Esa visión europea del mundo espiritual la heredamos también nosotros, por ejemplo la figura de un Jesús blanco, rubio, con ojos azules y porte renacentista. Y así como Jesús, los demás personajes importantes de la historia sagrada siempre aparecen en el arte europeo con cara de ciudadanos europeos, ¿no? El David, la Madonna (o sea, la virgen María), una jovencita rubia, de tez blanca, ojos claros… el mismísimo Dios allá colgado del techo de la capilla sixtina, con su porte italiano, con su corte de angelitos rubios, empelotos y con cachetes rosaditos… Y la música europea… ah, Señor bendito… música entonada por los mismísimos ángeles, himnos que se van a seguir cantando incluso en el cielo. Con arreglos para cuatro voces e instrumentos temperados y europeos… música culta.

Aquí pensando en vivo y en directo, ¿ustedes se imaginan el canto de los ángeles la noche que nació Jesús así arreglada a cuatro voces con escalas europeas del romanticismo? ¿Cierto que uno se imagina la música celestial así? ¿Ven hasta dónde llega el rayón? Es que hasta el infierno como nos lo imaginamos fue definido por un europeo, el señor Dante Alighieri. 

Y así con todo. Insisto, no es que directamente nos hayan dado un mensaje de: somos superiores a ustedes, al menos no que yo recuerde, no fue mi caso… pero esa superioridad implícita en los procesos sociales que nos tocaron como latinoamericanos de frente a las potencias extranjeras sí que ha calado fuerte. Ah bueno, y luego vino el otro jugador cultural importante que apareció en el tablero tarde, pero arrasando con todo y colonizando duro: los Estados Unidos. Todos esos factores han moldeado y siguen moldeando nuestra mentalidad, nuestras formas, nuestra estética religiosa, los ideales de belleza y de perfección en lo que tiene que ver con la vida de fe… o si no, ¿por qué creen que todos los grupos de alabanza quieren verse y sonar como Hillsong?

En fin, si solamente estuviéramos hablando de cosas culturales, no sería tan grave la cosa. Simplemente cantemos más bambucos y cumbias en nuestras iglesias y listo. Pero es que también tenemos que pensar en los modelos teológicos que hemos heredado por ese mismo canal de la superioridad de la mentalidad europea y gringa. Porque gran parte del discurso y de las explicaciones de la fe que hemos aprendido vienen arraigadas en problemáticas de la Europa post reforma, con todas sus movidas políticas, sus guerras, sus emancipaciones contra el poder de Roma. O de los conflictos entre protestantes y católicos en el mundo británico, con toda la sangre que corrió de uno y otro bando, las propuestas políticas que surgieron de ahí, y todos los movimientos que surgieron como respuesta a esas necesidades de la época y que llegaron hasta nosotros. Entonces es esa reflexión de la iglesia y esa respuesta que se le dio con la Biblia a dichas problemáticas lo que sigue moldeando nuestras comunidades hoy en Latinoamérica, en el siglo XXI, a pesar de que tenemos otros procesos que enfrentar, otros problemas por resolver, otras preguntas por resolver.

Y la respuesta está y estará siempre en el Evangelio, claro que sí. Pero es que no sé hasta dónde nos hemos acomodado a esa colonización espiritual, porque consideramos más importante y más fino lo que viene de esos lados, en lugar de sentarnos a pensar cómo quiere Dios que hagamos real su reino en nuestras realidades hoy, aquí y ahora. Porque es que estamos tan acostumbrados a esa manera colonial de pensar, a esa mentalidad de colonialismo espiritual, que por eso es que también queremos imponérselo siempre a otros. No evangelizamos, sino que colonizamos. Tengo un amigo, Tomás Castaño, que dice que convertimos a las personas en objetos de la evangelización, en vez de llevarlos a ser sujetos del evangelio. Y por eso nos encantan los modelos, entre otras cosas porque son más cómodos, no hay que hacernos preguntas porque ya todo está resuelto, en la teología sistemática, en el catecismo, como se llame la estructura que armamos para explicar a Dios. Pero, ¿qué de la reflexión? ¿Qué hacemos con las realidades que tenemos a nuestro alrededor y que siguen necesitando encontrar respuesta en el poder del evangelio?

Pensémoslo por un momento. Cuando Jesús llegó anunciando el reino de Dios, ese fue el centro de su mensaje: la buena noticia. Arrepiéntanse, porque el reino de Dios ha venido a ustedes. Jesús no hablaba de un cielo por allá lejano, en un futuro incierto que nos tocaba esperar y aguantar mientras tanto. No, él nos enseñó a orar: “venga tu reino”, dijo “yo vine para darles vida”. Ese mismo mensaje lo continuaron predicando los apóstoles, si nos remitimos al registro de los evangelios y del libro de los Hechos. La carga política de ese mensaje fue brutal, y mucho de la hostilidad y posteriormente persecución que sufrieron los cristianos, tuvo mucho que ver con esa declaración de un reino alterno al reino del Emperador. Aunque claro, Jesús y sus seguidores dejaron muy claro que no se referían a un reino de este mundo, es decir, de este sistema, de estos intereses, de estos estándares de poder y de gloria. El reino que se anunciaba era una contracultura, en la que el más grande era el que se humillaba a lavar los pies, en la que había que perder la vida para salvarla y renunciar a todo para conservarlo.

Pero entonces el caso es que las primeras comunidades cristianas tuvieron que sentarse a pensar cómo hacer real el mensaje del evangelio en su vida real, en sus necesidades y problemáticas. Obviamente, con la intervención del Espíritu Santo, de esa potencia que el mismo Jesús les había prometido, el poder transformador de Dios se hizo realidad en ellos. Fue una reflexión en la que uno ve que hubo un proceso de comunidad, estaban todos juntos, escuchaban las enseñanzas de los apóstoles, perseveraban en la oración. Y empezaron a aparecer las respuestas. ¿Hay gente con escasez? Bueno, vendamos las propiedades y repartámoslo entre todos. ¿Hay viudas desamparadas? Que la iglesia las acoja y se haga cargo de ellas. ¿Hay cristianos perseguidos y sufriendo por su fe? Vamos a darles un mensaje de esperanza, a traer la paz de Dios a sus realidades.

Uno de esos mensajes de esperanza es el libro de Apocalipsis. Siempre me ha encantado, así hipnotizado, la escena del capítulo 5, donde aparece el Cordero abriendo el libro de los juicios de Dios y recibiendo adoración de todos los salvos. En algún punto de esa escena aparece un canto, un cántico nuevo, dirigido al Cordero, en el que dicen: “tú nos rescataste para Dios de toda raza, de toda lengua, de todo pueblo y de toda nación”. Me encanta ese cuadro tan diverso, tan lleno de color. Señoras y señores, es que la diversidad fue una idea de Dios. Y el hecho de traernos a todos a su familia, no anula esa diversidad, por el contrario, la celebra, la resalta, la muestra como algo digno de estar presente ante el trono.

Es que tenemos en la cabeza tan metida la idea de uniformidad, de que hay una única manera correcta de ser cristiano, de seguir a Cristo, que a veces se nos olvida que del Señor es el mundo y su plenitud. Tanto que seguramente le ponemos música europea también a ese canto de Apocalipsis 5, cuando precisamente lo que quiere decirnos es que la salvación viene en todos los colores y sabores. No hay solamente himnos europeos cantándose en el cielo, es un cántico nuevo lleno de todos los acentos y de todos los idiomas y de todas las culturas que ha habido y que habrá. El canto de Apocalipsis 5 es un canto que me llena de alegría porque también contiene mi voz, mi acento y mi idioma.

¿Cómo hacemos para dejar atrás el colonialismo espiritual? ¿Cómo empezar a abrazar y a vivir la diversidad que Dios ha creado? Dejemos que sea el evangelio el que responda a las necesidades de nuestro presente. Yo creo, yo estoy convencido que lo que necesitamos es cuestionar, necesitamos ser creativos, necesitamos buscar la dirección del Espíritu para que su poder rompa con todos nuestros moldes y se haga poder en nosotros y en la gente que nos rodea. Para que Cristo sea todo en todos.

Las respuestas no van a venir del otro lado del océano. Las respuestas van a venir cuando entendamos que la promesa de Jesús está disponible para nosotros aquí y ahora, cuando entendamos que el reino de Dios quiere venir a nuestros barrios, en nuestro lenguaje, en nuestra generación y en sus necesidades, en medio de la desigualdad, de los miedos que rondan nuestras ciudades, de las heridas que hay por sanar, muchas de ellas producidas por el mismo cristianismo organizado, cuando busquemos como nos enseñó Jesús a orar que el reino de Dios venga a nuestra vida diaria, cuando hagamos resonar ese canto de Apocalipsis 5 en nuestra boca todos los días, en nuestras razas, en nuestras lenguas, en nuestro pueblo y nación… cuando dejemos de preocuparnos tanto por las doctrinas y usemos el poder del Espíritu Santo que está a nuestra disposición hoy.

Músico, publicista y físico (en ese orden). Desarrollador y administrador del sitio web de TeoCotidiana. Creador del proyecto Cancionero Cristiano. Felizmente casado con Maria Alejandra y felizmente papá de Juan Martín.

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