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La verdad sobre la verdad: la verdad en la biblia cristiana

La verdad ha sido y es definida desde múltiples perspectivas: científica, filosófica, religiosa, jurídica, política, social y psicológica. De todas ellas me interesa abordar en este artículo la religiosa y, más exactamente, la perspectiva cristiana. No obstante, y antes de continuar abordando el tema desde la perspectiva neotestamentaria, echémosle un vistazo a la definición que otras perspectivas ofrecen sobre la “verdad”.

Desde la perspectiva filosófica, que en cierto modo recoge las otras ya enunciadas (siendo ésta su fundamento epistemológico), la verdad es referida de dos formas básicas, como:

  1. Adecuación de aquello que es (ontos) a los enunciados que se predican de él. Esto permite elaborar un conocimiento sistemático de los seres (gnoseología y lógica).
  1. Manifestación de un ser o una característica de él que antes estaba oculta y, por tanto, desconocida (fenomenología).

Del planteamiento gnoseológico y lógico arriba descrito brevemente se concluye que la verdad se corresponde a la realidad. Este planteamiento es típico de la postura realista/empirista, de Aristóteles y sus seguidores, y fundamento de la definición de verdad en las diferentes escuelas de psicología.

Por otro lado, del planteamiento fenomenológico se puede concluir que la verdad “construye” la realidad, es decir: la realidad es tanto “más real” en cuanto que más de ella se revela al conocimiento humano. Aunque no es del todo exacto, se puede afirmar que esta postura ya está, en cierta medida, presente en la metafísica platónica, donde se enuncia la existencia de una realidad que está oculta tras la realidad sensible de los seres. Esta línea de pensamiento, retomada por Descartes y desarrollada por la metafísica de Kant, es el fundamento de las corrientes hermenéuticas, existencialistas y éticas.

Así pues, se puede afirmar que para las ciencias, todas con fundamento epistemológico de clara tendencia aristotélica-empirista, la verdad es una función de los métodos humanos para conocer los hechos; para el existencialismo y su ética, la verdad es una función de la subjetividad en la toma de decisiones; y para la hermenéutica la verdad es una experiencia estética y ontológica.1

En la biblia ¿qué es la verdad?

Con el vocablo griego alētheia, que en castellano es traducido por “verdad”, la septuaginta tradujo el término hebreo ͗ĕmet. En general, la version griega traduce como alētheia varios vocablos relacionados con la raíz hebrea ͗mn, que en Qal significa “sostener”, en Nifal “ser firme”, y en Hifil “confiar, esperar”.2 Asimismo alētheia traduce otros vocablos, como: yāšar (“plano, llano, recto, derecho, liso, sincero, auténtico”), mešarim (“camino llano, lo recto, rectitud, justo”), tôm (“integridad, serenidad, rectitud”), sedeq (“justicia, derecho”). También se traduce la raíz kwn, que en Nifal significa “estar firme, establecido, asentado”.3

La septuaginta también traduce ͗ĕmet con otra palabra griega: pistis (“fe, confianza”).4 En castellano ͗ĕmet significa: “ser firme, sólido, permanente”, es la cualidad que hace que algo o alguien sea digno de confianza (cfr. Sal 33,4; Prov 8,7; 12,19). De todo esto se desprende que en la biblia, la verdad es más un concepto funcionalista, social y psicológico que uno gnoseológico.5 Es decir, la “verdad” es entendida como un principio que garantiza y fundamenta las relaciones interpersonales, especialmente con Dios. En este sentido, la verdad es un atributo de Dios que garantiza la relación humana con él; y la propicia. El hombre puede confiar en Dios, porque él es confiable, sólido y permanente.6

La verdad neotestamentaria

Nos detenemos en dos autores: Pablo y Juan. En el primero podemos ver una continuidad con el uso que ya hemos observado en la septuaginta, así como la definición griega. No deseamos extendernos o profundizar en este tema, nos contentamos con decir que para el apóstol, la verdad es aquello que se corresponde con la realidad tanto como un atributo de Dios, en cuanto fiel y permanente.7

La verdad en Juan

En el evangelio de Juan sí nos detenemos. Aquí queríamos llegar, ya que en su evangelio la verdad está íntimamente desarrollada con su cristología. En cuanto la “verdad” es predicada sobre Jesús y el Padre, este concepto entra inmediatamente a ser cristológico.

Este caso es único en la biblia cristiana: verdad y Jesús son uno sólo, un solo predicado: “yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6). Esto quiere decir que en Juan, la verdad no es tomada tanto como un atributo de Dios, sino que, en cuanto referida a Jesús, expresa la función o papel que él tiene.

Que Jesús sea la verdad, significa el papel que él cumple: revelar al Padre, darlo a conocer. En este mismo sentido Juan refiere “la luz” como atributo de Jesús en 8,12-30. Jesús es “luz” y “verdad” en cuanto revela al Padre. En cuanto Jesús manifiesta y da a conocer quién es el Padre, los predicados “luz” y “verdad” son propios y exclusivos de él.

Por esta razón, cuando Pilato pregunta a Jesús “qué es la verdad” (Jn 18,38): ¿ti estinalētheia? (Vg: quid est veritas), al lector atento del evangelio no se le escapará percibir la ironía de la escena, querida y pretendida por Juan. La pregunta está mal formulada: la verdad no es un qué (quid), sino un quién (quem).8 Ciertamente que la formulación del tema de la verdad no puede ser conceptualizada en categorías filosóficas, a menos que se quiera perder el punto que se trata.9

Asimismo, cuando Jesús afirma: “conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn 8,32), se debe entender que Jesús habla de sí mismo. Como si dijera: “me conocerán y los haré libres”. Pero en esta frase también está implícita la siguiente idea: Jesús nos libera en cuanto nos conduje y enseña quién es Dios.

En el lenguaje joánico se dice que es el Padre quien libera, a través de su hijo, por quién y en quién conocemos y le vemos. Al ver al Padre, nos podemos ver realmente a nosotros mismos. Este es el segundo significado de “verdad” en el evangelio de Juan. Jesús no sólo revela al Padre, sino que nos hace conocer quiénes somos realmente y, al hacerlo, nos libera de aquellas identidades con las cuales nos definimos a nosotros mismos. Esta idea está clara y hermosamente desarrollada en un pasaje del evangelio, que pasamos a estudiar: Jn 8,31-59. Nuestro propósito no es desarrollar una exégesis completa del texto. Dicho estudio se debe realizar tanto personalmente con el texto griego del pasaje como con algunos textos de ayuda.10

Mejor, quiero ofrecer unos apuntes que ayuden a los lectores a desarrollar su interpretación y reflexión del pasaje.

Notas y apuntes para el estudio de Jn 8,31-59

En estos versículos se presenta un diálogo que se produce entre Jesús y “un grupo de judíos que habían creído en él” (Jn 8,31). Este grupo es el que en el v. 30 es referido como aquellos que creyeron en él a causa del discurso dado en 8,21-29. Esta referencia confiere unidad a ambos pasajes: 8,21-30 y 8,31-59.

El diálogo desarrollado en 8,31-59 va volviéndose cada vez más denso, y su tono cada vez más ocre. Dicho diálogo se puede dividir en los seis pasajes en los cuales se da un intercambio de pregunta/respuesta. El diálogo inicia con una afirmación de Jesús (v. 32), que es entendida por los judíos “que habían creído en él”, como una sentencia críptica con un enunciado oculto sobre la estado de esclavitud de los judíos. Aquí se inicia el diálogo y el primer pasaje de afirmación-pregunta/respuesta:

Vv. 32-36. El diálogo gira en torno a la libertad. Jesús inicia diciendo: “conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. Los judíos entienden la frase como una afirmación de su actual estado de esclavitud y responden: “somos hijos de Abrahán”. La línea argumentativa va en la siguiente lógica: si somos hijos de Abrahán (por Isaac el hijo libre; cfr. Gal 4,22-23), entonces somos libres y no esclavos. Ellos le devuelven la “pregunta” a Jesús a pesar que éste no había formulado ninguna.

V. 37. Esta afirmación de Jesús funciona como un conector entre el debate iniciado en los vv. 32-36 con aquel que continúa en los vv. 38-41a. En este versículo Jesús señala claramente que estos judíos que “habían creído en él”, realmente no permanecían en su palabra, porque su mensaje no había llegado a ellos. Esto ya lo había dicho Jesús en el v. 31.

Todo el diálogo busca desenmascarar los verdaderos ideales, creencias y acciones de este grupo de seguidores judíos: en el fondo no creen en Jesús y le tienen por loco, endemoniado y samaritano (cfr. el v. 48). Este versículo presenta el tema fundamental del diálogo: Jesús revela o descubre la realidad de los seres humanos. Ante él, el hombre se haya desnudo, nadie le puede resistir y termina por ser desenmascarado en sus verdaderas convicciones y realidades. Jesús es la verdad ante la cual, ninguna falsedad prevalece o siquiera se sostiene en pie. Como hemos dicho, esta afirmación, esencial al diálogo, sirve como conector que dirige nuestros pasos hacia adelante en el debate. Avancemos en el tema.

Vv. 38-41a. El debate comienza a tomar tonalidades ocres. El tema avanza de la discusión sobre el verdadero estado de esclavitud de los judíos y pasa a la ponderación sobre la filiación abrahámica de estos judíos, como condición esencial y prueba de la naturaleza buena y pura de los judíos. Ellos continúan afirmando que, puesto que son hijos de Abrahán, entonces son libres. Jesús lanza una afirmación provocativa, cuestionando la realidad de dicha filiación abrahámica: “si fueran hijos de Abrahán, harían sus obras”. Jesús señala que las obras de Abrahán se manifestaban en “creer”. Consecuentemente, Jesús está señalando que estos judíos no son hijos de Abrahán.

V. 41b. Esta segunda parte del versículo sirve de engarce y une el anterior debate sobre la filiación abrahámica con el debate siguiente (vv. 42-47). En este versículo, Jesús intensifica su afirmación y la continua, dándole cierto tono mordaz: “vosotros hacéis las obras de su padre”. La referencia a “padre”, sin mayor explicación, dirige el debate hacia un malentendido. Como se verá, Jesús se refiere a Satanás; pero los judíos no lo entienden así, sino que creen que son retados en su monoteísmo.

Vv. 42-47. Al no entender las palabras de Jesús y pensar que él les acusa de idolatría, Jesús se ve obligado a aclarar su punto y ser directo. El tono del debate pasa de ocre a rojo. En estos versículos no hay debate; es sólo Jesús quien habla. El tema de la exposición de Jesús pasa a la filiación en el plano espiritual. Estos judíos a quienes interpela, no son hijos de Dios, porque si lo fuesen le amarían. Por el contrario, son “hijos de Satanás” (este es el tenor del diálogo y así de fuerte ha escalado su pugnacidad y tirantez), porque realmente le odian, aunque afirmen amarlo y seguirlo.

Jesús revela nuestra situación interior real. Aunque externamente tengamos símbolos y signos de adhesión, respeto y amor, en el fondo muchos creyentes se oponen a las virtudes que Jesús representa. Muchos no aman a Jesús; sólo aman lo que creen que él representa y es. En nombre del amor a Cristo, muchos aman la riqueza, el éxito, la autonomía, la conspiranosis que más nos apetezca o el culto a la personalidad de la figura política o religiosa que nos imanta.11

El debate avanza: Jesús no sólo revela sus cartas, sino que también “destapa” las cartas que habían escondido aquellos que decían creer en él y seguirle.

Vv. 48-51. Ante el descubrimiento, sus supuestos seguidores responden con la única carta que tienen, y destapan su juego: “no decimos bien que eres un samaritano y tienes un demonio”. Esto es lo que, desde el principio, realmente pensaban. Jesús les responde: “yo no tengo demonio”.

Jesús cambia el tono del debate. Una vez reveladas las verdaderas intenciones ya no es necesario el tono polémico. Jesús puede volver a su afirmación inicial. En el v. 31 Jesús les había invitado a que guardaran su palabra y fueran sus discípulos; ahora renueva la invitación a guardar su palabra y, agrega: le promete que al hacerlo vivirán para siempre.

Vv. 52-56. Ahora son los judíos los que debaten con Jesús. El tono vuelve a tornarse ocre. Al intensificar nuevamente el tono, ellos fortalecen su rechazo. No quieren aceptar a Jesús, y le reclaman: “quién te crees tú ofreciéndonos no morir… si Abrahán y los profetas murieron… ¿eres mayor que ellos?” Sus posición se ha endurecido por completo. Y ahora muestran sin temor su verdadero sentimiento contra Jesús: odio. Con esto muestran que él tenía razón.

Vv. 57-59. El debate que había iniciado como un diálogo ahora se transforma en actitudes beligerantes abiertas. Jesús ya no sólo afirma que el Padre y Abrahán dan testimonio de él, sino que revela abiertamente su identidad: él es el logos pre-existente: “antes que Abrahán naciese, yo era”. Sus contradictores, enmascarados como seguidores al inicio pero ahora revelados, y sin tapujos, no sólo muestran abiertamente su odio, sino que éste da su fruto: quisieron asesinar a Jesús.


Al finalizar, insisto en lo ya dicho a propósito del v. 37: en este diálogo se observa cómo Jesús desvela lo oculto en el corazón de estos judíos que decían creer en él.

Aquí vemos el significado cristológico de “la verdad” en Juan: ella es un quién, Jesús; pone a prueba y expone a la luz los engaños, confusiones y la falsedad en las posiciones de sus interlocutores. Ante tal operación, muchos creyentes contemporáneos han seguido el camino de los judíos que estaban dialogando con Jesús.

Pero la verdad también es una invitación. Es Jesús ofreciéndonos la verdad que libera: “si permanecéis en mi palabra, seréis en verdad mis discípulos y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (8, 31)… “en verdad, en verdad os digo: si alguno guardare mi palabra, jamás verá la muerte” (8,51).

Juan Sebastián Hernández

Papá de Immanuel y Tobías, esposo de Biviana, católico y teólogo. Profesor en dos universidades y miembro de varios grupos de investigación.

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