Familia cristiana o norteamericana - Encabezado - Teocotidiana

Familia, ¿cristiana o norteamericana?

Elegí este título para esta reflexión, bastante sugestivo, porque creo que mucho del tema y la experiencia de familia en nuestros contextos no procede de una lectura “existencial y contextual” del evangelio, sino de una lectura “cultural del evangelio”. Sí. La “cultura del modelo familiar evangélico norteamericano”, en términos generales, es la que hemos asumido, sin más, como modelo, creyendo, sin crítica alguna, que ese es el estándar para nuestros proyectos de familia. Los títulos de los libros, las conferencias, “los secretos” y textos de expertos, llenan las estanterías de las librerías. 

Bien. En este “artículo” hablaré en primer lugar de lo planteado a manera de introducción, es decir, el por qué creo que nuestro modelo o estándar de familia es el norteamericano.  En segundo lugar, haré una observación sobre la vida de pareja, en términos generales. Y finalmente, hablaré sobre la paternidad. Todo esto desde un criterio básico y fundamental: No creo en los “vendedores de certezas”. Miro con sospecha a aquellos que se presentan como grandes “gurúes” en sus áreas de conocimiento y van sentando tesis y posiciones sobre cualquier cantidad de temas sin contemplar la posibilidad de estar equivocados, o la posibilidad de una lectura diferente o por lo menos, la posibilidad de un… “no sé” (con aire de asombro y misterio). El hecho es que, la familia, el matrimonio y las relaciones familiares, en términos generales, no escapan al fenómeno de los “vendedores de certezas”. Particularmente me acerco al tema de la familia con mucho “temor y temblor”. Es un asunto muy complejo. Aquellos que estamos casados y tenemos hijos sabemos que no hay libro o consejero con la última palabra, que los títulos como “diez secretos para una familia feliz” o “cinco claves para un matrimonio exitoso”, deben ser mirados con sospecha. Reza el dicho popular que “cada niño viene con un pan debajo del brazo”, haciendo referencia a su alimentación; lo mismo sucede con la crianza y el matrimonio: cada niño viene con su libro o manual bajo el brazo y con cada matrimonio pasa lo propio. 

Si pensáramos un poco en la “familia según Jesús”, se nos caería toda una estantería montada y se estremecería gran parte de la industria de “los ministerios de la familia”. Pensemos en aquella sentencia de Jesús en su acusación a los escribas y fariseos, Mateo 23, “no llamen Padre a nadie en la tierra…”. Para nosotros, los evangélicos, es una alusión clara a la institución sacerdotal católico romana, ya todo está dicho y fin de la discusión, no obstante, en ese tiempo no existía tal institución. Esa observación es ya, de entrada, una fuerte crítica al modelo familiar de su tiempo y un llamado a revisarlo a la luz del evangelio del reino. “En la familia de aquel tiempo todo estaba organizado y legislado en torno a la figura del “pater-familias”, que era el cabeza, jefe y dueño de la casa y sus componentes. De ahí que lo determinante, en la familia, no eran las relaciones personales, sino el sometimiento al poder. Todo esto llevaba consigo una consecuencia impresionante: “mujeres, esclavos y niños” eran los sujetos que carecían de derechos y tenían que vivir callados y sumisos, es decir, eran seres humanos que tenían siempre sobre ellos a un hombre como dueño. Se comprende, por esto, el enfrentamiento revolucionario de Jesús y su Evangelio a este sistema de familia y, en definitiva, de sociedad. 

Y… mejor no sigamos. No quiero ser pretencioso, pero mucho de lo que leemos sobre “familia cristiana” realmente es “familia norteamericana”. El modelo “norteamericano de familia cristiana” es, básicamente, el modelo patriarcal divulgado por James Dobson y sus ministerios. Según se dice, una familia “de acuerdo con los patrones evangélicos”, es una familia en la cual el padre, el proveedor del hogar, ejerce autoridad suprema; la madre, dedicada al hogar y a la educación de los hijos, le es sumisa; y los hijos le obedecen sin responder.  Todo esto con “fundamento bíblico”, ni más faltaba. Pero, como ya sabemos, una cosa es ser bíblicos y otra es ser como Jesús. Generalmente a los hijos se les castiga físicamente, si es necesario. Vaya a una “librería cristiana” y explore la bibliografía respecto al tema de la familia y verá. ¿Por qué hemos asumido este modelo? Varias razones: por influencia misionera, por nuestra forma fácil de asumir lo enseñado sin cuestionar, por nuestra pobreza al leer el evangelio y pensar que ya “todo está dicho”. La homilética tradicional que habla de aplicaciones, lineales y justas con la tradición, en vez de “subversiones”, asimétricas y ajustadas al evangelio, que siempre invita a la conversión. 

Pero detrás de todo el modelo familiar evangélico norteamericano está “la ideología del supremacismo nacional cristiano” que ha permeado la cultura estadounidense, que se expresa no solo en el discurso político, sino también en el discurso evangélico y teológico. Esta ideología afirma que los “padres fundadores” crearon un país cristiano, después pervertido por ideologías secularistas, y que es deber de todos los ciudadanos recuperarlo. ¡Dios bendiga a América! Sin embargo, Boyd afirma: “el mito de América como una nación cristiana, con la iglesia como su guardiana, ha sido y continúa siendo, perjudicial para la iglesia y para el progreso del reino de Dios”. Jesús criticó fuertemente el modelo de familia patriarcal de su tiempo donde el varón media su honor en función de su posesión familiar y su control. Un modelo de familia así, jerárquica, no reflejaba la revolución del reino de Dios, pues su organización reproducía un orden social de dominio y subordinación. La construcción de la familia evangélica, según el evangelio, es de modo horizontal, de respeto y servicio mutuos, y va más allá de la formalidad “papá y mamá”, lo reconoce, pero lo sobrepasa. La disfuncionalidad familiar no tiene que ver con la ausencia de una formalidad estructural, sino que tiene que ver con la ausencia de los valores de servicio y entrega. El evangelio siempre será incómodo y subversivo. La familia, más allá de su modelo (nuclear, monoparental, extendida, etc.), si quiere llamarse “cristiana”, tendrá que ser regida por el gran principio del amor: amarás a tu prójimo como a ti mismo. 

En cuanto al tema y la experiencia de la pareja, creo en la pareja “sin vergüenza”. El texto del Génesis 2:24, por ejemplo, es revolucionario para su tiempo (y para el nuestro si dejamos de domesticarlo). Allí encontramos una progresión de verbos: “dejará”, “unirá” y “llegar a ser…” (tres dimensiones: pasado, presente y futuro). Generalmente el énfasis se ha hecho en los dos primeros verbos, “dejar” y “unirá”, esto es importante ya que la declaración que hace Génesis 2 invierte por completo la escala de valores del mundo. Este texto es provocador, pues en ninguna cultura de la antigüedad renunciaba un hombre a cosa alguna para casarse con una mujer. La mujer no era considerada digna de tal sacrificio. Ella tenía que sacrificarlo todo el día de su matrimonio. La “perspectiva divina” es que el hombre debe tener a la mujer en tan alta estima que ha de estar dispuesto a sacrificar cualquier cosa (incluso a aquellos que le dieron su posesión más preciosa: su vida) ¡para unirse a ella por siempre! Es más, en el capítulo 12 del Génesis, Abraham es invitado por el Señor, Dios de la alianza, a realizar su vocación de esposo y padre según las razones de Génesis 2:24: abandonar, dejar a padre y madre para convertirse en padre de un gran pueblo. Una tribu para bendecir a las demás tribus, algo extraño para ese tiempo, cuando las tribus no se bendecían, se conquistaban, se peleaban.  

Ahora, hay sin embargo un tercer verbo (y la frase que lo acompaña) al que no se le hace mucho énfasis, dice: “llegarán a ser una sola carne”. Este último verbo declara la meta de la unión: en aquel ambiente, ya patriarcal –ya individualista, ya duro contra los débiles y las mujeres– una relación para “llegar a ser una sola carne” implicaba unidad, solidaridad, mutualidad e igualdad. Esto debía sonar extraño a una cultura que ponía el acento en la diferenciación de sexos, la superioridad, la dominación masculina y la subordinación femenina como normas de la familia patriarcal. “Una sola carne” es una relación de solidaridad, confianza y bienestar, más allá de la diferenciación sexual y de las imposiciones culturales. Este es el “espíritu” que Jesús recoge en Mateo 19. Por ello los discípulos dicen que “si esto es así… entonces es mejor no casarse”. Claro, había mucho que perder. Lo que Jesús defiende no es la unión “hombre-mujer” por sí misma ni siquiera el propósito reproductivo–, lo que defiende son los valores de “unidad, solidaridad, mutualidad e igualdad” como modelo de una sociedad justa y distinta. 

Siendo así, la “disfuncionalidad” familiar no está en el modelo per se, sino en la ausencia de los valores antes mencionados; conozco familias “disfuncionales” de papá, mamá e hijos; conozco familias monoparentales “funcionales”. Pero hay más, una relación de “una sola carne” tendrá como resultado “la desnudez sin vergüenzas”. Sí, el texto dice “estaban ambos desnudos y no tenían vergüenza”. En la antigüedad “desnudez y vestido” (más allá del pudor sexual) se relacionaban con la gloria del Hombre: en el mundo antiguo se desnudaba a los prisioneros de guerra para manifestar que estaban privados de todos sus derechos. La desnudez implica mutua rendición, renuncia a los derechos individuales en virtud de la promoción del otro. Es la renuncia a todo poder. La pareja no tiene vergüenza de renunciar al dominio y el control del otro. Reafirmo: por ello los discípulos, en Mateo 19:10, dicen que “si esto es así… entonces es mejor no casarse”. Claro, había mucho que perder. Lo que están diciendo es: “si el matrimonio ya no es un escenario para dominar, para sacar el pecho de “mero macho”, para hacer de macho dominante y hacer con la mujer (víctima que Jesús defiende) lo que queramos, entonces ya no tiene sentido”. Pero el desafío sigue allí. Lo que el Evangelio sigue pidiendo son relaciones desde el poder del servicio y no desde el servicio al poder: familias sin-vergüenzas, relaciones fraternas sin-vergüenzas, iglesias sin-vergüenzas, líderes sin-vergüenzas, relaciones totalmente desnudas… parejas sin-vergüenzas.

Para finalizar quisiera dar “una propuesta”, no “la propuesta”, sobre la experiencia y la relación entre “padre e hijos”, tema complejo, por cierto. Hay un texto en el AT que me llama la atención respecto a esto, y es uno que tiene horizonte evangélico. El profeta Malaquías imagina para el futuro una gran reconciliación generacional, una especie de restauración de las relaciones entre, lo que algunos han llamado, las “brechas generacionales”. Sueña con una sociedad donde se acabe la tirantez por los distingos cronológicos, o de la edad, y los unos se encuentren con los otros trayendo fluidez y crecimiento. Brueggemann llama a esta forma de ver y resistir la realidad “imaginación profética”. La imaginación profética se resiste a aceptar esa situación en la que ya todo está dado y en que no hay lugar para soñar o para la esperanza. La esperanza es, en sí misma, subversiva porque rehúsa la lectura de la realidad presente como lo último. 

El texto de Malaquías dice: “Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres…” (Mal. 4:6). La palabra “volver” es “arrepentirse” o “convertirse”, llama la atención el orden en el que la experiencia de conversión está dada: no es el menor el que se convierte al mayor, como esperaríamos, sino el mayor el que empieza por convertirse al menor, como no esperaríamos. Esto es muy importante pues, en términos de la forma en la que organizamos la escala social, esto plantea un concepto realmente “subversivo”: son las estructuras de poder familiar o institucional las que empiezan a revisarse.  No nos digamos mentiras, a la hora de educar y de ser padres en casa siempre estamos intentado todo el tiempo que sean los niños o hijos los que “nos entiendan”, los que se “sometan”, los que “obedezcan nuestras reglas”. Pero, ¿hemos hecho un alto en el camino para preguntarles cómo se sienten, qué piensan, por qué escuchan lo que escuchan?

Siempre será más fácil “mandar” que educar; se manda a través de órdenes “de arriba abajo”; se educa a través del acompañamiento al mismo nivel, desde la horizontalidad. Muchas veces al corregir ni siquiera está en juego el orden o la vida, sino nuestro propio ego y el miedo a perder el control y el poder. Somos incapaces de reconocer ante nuestros hijos que nos equivocamos, que fallamos, que estamos también en construcción, que no nos la sabemos todas. Hay mucho poder que perder y el poder nos da la sensación, engañosa, de que estamos en control.  Jesús rompe con el modelo de familia patriarcal y sugiere formar una nueva familia al servicio del reino de Dios en la que desaparece la figura del padre patriarcal, pues solo Dios es padre de todos (Mt. 23:9). Denuncia las propuestas de liderazgos, familiares y eclesiásticos, basados en el abuso de poder. En esta nueva familia que Jesús propone, la autoridad no está vinculada al hombre que se impone desde el poder autoritario, sino que está vinculada a los frágiles, a los que son como niños. En esta nueva familia desaparece “el padre”, entendido de manera patriarcal como figura dominante que se impone desde arriba a los demás. Todos deben renunciar al poder y la dominación sobre los demás para vivir al servicio de los más débiles y necesitados. Conviértete a tus hijos: no les des las sobras de tu vida, no seas cruel, no los critiques constantemente; ámalos, perdónalos, que se sepan libres para equivocarse sin ser juzgados.  Muéstrate “tierno”, “vuelve tu corazón” a ellos. Ojalá el evangelio llegue a la familia y esas estructuras de poder sostenidas con teologías y discursos “muy espirituales” (dados en seminarios y libros sobre familia y pareja) se rindan a los pies de la cruz. El desafío final es “abrirles las puertas de la casa a Jesús y su evangelio”. Pero no solo como declaraciones abstractas y dogmáticas sino como una vivencia, como una experiencia. Estoy de acuerdo con la declaración de los “defensores de la familia” cuando dicen que “la clave es Jesús”, pero difiero de la respuesta, pues siempre ese Jesús es el cultural, el Jesús misógino, el excluyente, el marginador, el anti-gay, etc.  Como lo ha dicho Pagola: “Jesús aporta un horizonte diferente a la familia, una dimensión más profunda, y una verdad más gozosa. Su presencia en el hogar nos libera de engaños, miedo y egoísmos que paralizan nuestras vidas. Introduce en nuestra casa algo tan decisivo como la alegría de vivir, la compasión por los últimos o la responsabilidad por un mundo más justo”. 

Pastor de la "Iglesia Centro Familia Cristiano (Cartagena). Teólogo de la FUSBC. Papá de Danna & María José. Esposo de Berledys. Buscador incansable, amante de la asimetria del campesino radical aquel de Nazaret.

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3 comentarios en “Familia, ¿cristiana o norteamericana?

  1. Me ha parecido un artículo sumamente interesante. Fresco y completamente necesario. Es difícil encontrar esta clase de visiones que se salgan de la normal general, pero que a mi punto de vista, gozan de toda la razón.

    Considero que sería muy interesante artículos que profundizaran más en la lucha de Jesús con el sistema patriarcal. Me hace mucha gracia cuando a Jesús se le pone como cabecilla del patriarcado moderno y se exhorta la destrucción de la iglesia para que el mundo avance.

    También es sorprendente como el amor de Dios, puede llegar a todas partes y tan avanzado en en tiempo.

  2. Que buen artículo, rescato lo siguiente: “La familia, más allá de su modelo, si quiere llamarse “cristiana”, tendrá que ser regida por el gran principio del amor: amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Leyendo los Evangelios, un sentido de familia es: papá, mamá y el hijo de mamá que no es de papá, aunque siempre ésta figura se ha tratado de acomodar y justificar, pero ahí claramente dice que a Jesús no lo concibió José, pero eso no impidió que fueran familia. Ahora entiendo que, si así llego la narración evangélica hasta nosotros, es para que tarde o temprano, entendamos, que como dice el artículo, la familia se debe definir en el amor, y entender que si los modelos de familia se sustentan en el amor, se estará en un espacio donde se amará al prójimo como a uno mismo, independientemente de su conformación estructural.

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