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Sanar la tierra – Apuntes para la conversión y la responsabilidad política

“…Pero la sociedad de consumo invita a una fiesta prohibida. Las fulgurantes burbujas se estrellan contra los altos muros de la realidad. La poca naturaleza que le queda al mundo, maltrecha y al borde del agotamiento, no podría sustentar el delirio del supermercado universal…”

Eduardo Galeano

El verso 14 del capítulo 7 del segundo libro de Crónicas es el “botón de pánico” en caso de crisis; es la “salida de emergencia” para el pueblo ante alguna catástrofe; es “el punto de encuentro y reorientación” en caso de pérdida y confusión; es “el manual de instrucciones” en caso de accidente; es el “punto de reunión en caso de temblor”. Escrito después del exilio, el libro de las crónicas se centra en la idea de la “restauración del culto en el templo”, de allí su alto “contenido litúrgico”. No obstante, la restauración no llegó, la “gloria mayor de la casa”, como la llama Hageo, quedó en el horizonte lejano. Seguiré para estas notas la traducción de lectura popular evangélica, sí, la RV60. Empecemos:

1. “Si se humillare mi pueblo…”

Si la solución es la “humillación” entonces el problema era “el orgullo y la altivez”. Hay muchas formas de expresarlo, sin embargo, quisiera resaltar una en particular: la elección. En algún momento de la historia, Israel malinterpreta la elección, esa que Brueggemann llama “el escándalo de la particularidad”. Olvida que esta es instrumental, que es pueblo para transparentar a Dios ante los demás y se llena de orgullo y arrogancia, el medio llega a creerse fin. Entonces llega el “éxodo al revés”, sucede la experiencia difícil y traumática del exilio. En Deuteronomio, capítulo 8, se desafiaba al pueblo a ser alimentado continua y constantemente por la memoria del éxodo para no caer en viejas esclavitudes. Pablo, hablando a los romanos, critica aquellos que en virtud de su experiencia de Dios se creen mejores y jueces de los demás (Ro 2:1-4), habla de cómo Dios deja en “zona de espera” a Israel y se va a los gentiles mostrándoles a estos su misericordia. Con la iglesia puede pasar lo mismo. Tenemos que recordar, como lo dijo Bonhoeffer, que “la iglesia es iglesia para los demás”. Que hay esperanza en el desmonte de todo exclusivismo y la puesta en marcha de una identidad alternativa que incluya la misión “en clave de servicio” y no en “clave de señorío”.

2. “…sobre el cual mi nombre es invocado…”

Aquí hay una referencia a la “bendición sacerdotal”: en esta, el sacerdote “invocaba el nombre de Dios sobre el pueblo”, declaraba sobre este la bendición de Dios (Nm 6:23). Así las cosas, no basta con “invocar” formalmente el nombre de Dios; no se puede pervertir la bendición tomándola como un mantra o fórmula mágica que no va respaldada por acciones concretas de vida fuera del marco cultual o litúrgico. ¡Qué curioso! Debemos estar prevenidos y alertas frente a una espiritualidad que “invoca el nombre del Señor” pero que no recuerda el nombre del hermano; una espiritualidad que declara “Dios me ha bendecido” pero que no le dice a su prójimo “te bendigo”. No basta con ir al culto el domingo y “ser bendecido”; es necesario “ser bendición” para alguien el resto de la semana. No se puede invocar el nombre de Dios para bendición y a la vez caminar llenos de orgullos y arrogancias (Dt 6:7).

El Evangelio nos recuerda: “tengan la misma actitud de Jesús, él vivió como siervo” (Fil 2:5-11). No se puede invocar el nombre de Dios el domingo, como mero formalismo ritual, y vivir el resto de la semana como si él no existiera, sin ningún fruto fraterno. La fe en Jesús no es como una fuerza mágica que ahuyenta los males y atrae los bienes. La fe en Jesús es la experiencia de su presencia –que por su Palabra propone agendas, señala caminos, muestra nuevos rumbos, abre rutas para la esperanza–. Frente a esto el creyente debe aceptar las rupturas, tomar decisiones y abrirse a la presencia acompañante y a la Palabra siempre orientadora. Tenemos que avanzar, seguir trochando, pedirle a Dios en medio de la crisis el don de la creatividad, de la resiliencia; disfrutar, reír, llorar, celebrar, resistir, hasta que el día vaya aclarando, hasta que escuchemos aquellas utópicas palabras: “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas”.

3. “…y oraren, y buscaren mi rostro…”

“Buscar el rostro” significa dar la cara, mirar a Dios, comprometerse con lo que él se ha comprometido. Hay una “espiritualidad sin rostro” que solo busca favores de Dios pero que rehúye a su proyecto de “justicia, misericordia y humildad” (Mi 6:8). Buscar el rostro de Dios es encontrarse siempre con lo esencial, con lo fundamental, con lo central. Para Moisés significó la posibilidad de “recoger los pedazos y reiniciar la vida apelando a la misericordia eterna de Dios” (Éx 34:1-9). En el NT el rostro de Dios es el otro, es imposible llegar a Dios ignorando al hermano. Te encuentras con Dios encontrándote con el otro (1Jn 4:20). Teresa De Calcuta decía que “en la mañana hablaba con Jesús, en oración, y después salía a la calle a encontrarse con él en el rostro del necesitado”. Como canta Santiago Benavides: “Y que no hay piedad que valga, que la religión no cuenta, si en el rostro de los otros, tu propio rostro no encuentras”.

4. “Y se convirtieren de sus malos caminos…”

Este es tal vez el punto central del verso, el llamado a la conversión es el punto crítico del texto, no solo en términos estructurales sino también en términos existenciales. El pueblo ha estado transitando los caminos de la injusticia, de la opresión y de la crueldad; de ahí la necesidad de “convertirse”. ¡Qué raro! Nosotros siempre hablamos de la conversión o el arrepentimiento a partir del otro, es decir, siempre pensamos que el que tiene que arrepentirse es el otro, el “inconverso”. Más aún, creemos que la conversión es un evento del pasado y no una experiencia permanente. La conversión implica hacer un alto en el camino, implica revisarnos, implica la autocrítica, implica dejar de señalar para señalarnos. No es solo un asunto “intimista” entre Dios y yo, no, es una experiencia “abierta” con resultados fraternos y sociales

La iglesia tiene que convertirse, sí, algunos me miran con recelo cuando digo esto. Tenemos que arrepentirnos de nuestras prácticas electorales y sufragistas “corruptas” –una democracia de urna, un voto constreñido por “la mera confesión de fe”, etc.–; tenemos que arrepentirnos de nuestra pobre visión ecológica –hemos pasado de administradores a depredadores–; tenemos que arrepentirnos de nuestros patrones de consumo –creemos que la vida de consumo y la cultura del bienestar, sí, el proyecto de felicidad de Occidente, es el evangelio de Dios para nosotros–; tenemos que arrepentirnos de esa especie de “inquisición solapada”, de esa “persecución ideológica” a quienes no creen o piensan como nosotros.

5. “Entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados…”

El pecado, individual y estructural, daña, ofende, destruye, deja víctimas, deja un registro de consecuencias. Dios se preocupa, no deja al pecador en su terrible condición, sale a su encuentro. Pero Dios no opta por la “lógica de la venganza” sino por el poder sanador del perdón. El perdón posibilita la reconciliación, trae restauración y termina con los ciclos de violencia. El perdón de Dios es modelo para el perdón entre nosotros. Muchas veces es sencillo decir y confesar que Dios nos ha perdonado, pero somos incapaces de hacer circular ese perdón hacia los demás.

Diana Uribe dijo: “Aquel que perdona no lo hace únicamente para convivir con el otro, lo hace para convivir consigo mismo. El perdón nos libera de habitar esos lugares de dolor que una víctima visita una y otra vez en su mente hasta quedarse atrapada. Los padres y las madres seguirán muertos, pero el perdón libera a los hijos de cargar con la herencia de la venganza…“. Necesitamos desarmarnos, superar ese divorcio entre perdón recibido y perdón emitido. Durante toda la semana pasamos disparando desde nuestras trincheras: “¡maten a esos mamertos!”, “¡plomo a la guerrilla!”, “¡que no den empleo a los venezolanos!”, “¡Uribe paraco, Petro guerrillero!”, “¡fuera los homosexuales!”, y el domingo levantamos las manos y “dizque adoramos”.

6. “…y sanaré su tierra”

Notemos la relación que hay entre “conversión” y “sanidad”. No pretendamos ver cosas diferentes si siempre tenemos los mismos patrones de conducta. Somos el resultado de las decisiones que tomamos. Hay una relación estrecha entre “la sanidad de los hombres” y la sanidad de la tierra. La tierra, nicho habitable, “nuestra casa común”, está enferma porque hay hombres tóxicos que la han envenenado. Sanar la tierra es hacerla habitable, vivible, viable, agradable. Significa llenar los contextos, físicos y sociales, de sentido y significado para que esta generación y las nuevas se desarrollen a plenitud. Implica proteger el campo como despensa de alimentos y oxígeno, construir ciudades más humanas. Dios está preocupado no solo por el hombre sino también por su entorno, por su espacio o escenario relacional. Si el hombre peca su entorno es afectado, si se arrepiente su entorno es sanado. Es la fe en Dios la que nos lleva a revisar los caminos pecaminosos y a encontrar “remedios para la sanidad”. “Sanar la tierra” no viene como resultado de aplicar una fórmula mágica, es el resultado del arrepentimiento o la conversión. Es arrepentirnos de aquello que nos ha estado dañando y trabajar por aquello que nos puede sanar. No basta con confesarnos cristianos y ya –esa confesión intimista e intimidadora–, no, es necesario la conversión.

No basta la mera “confesión” es necesaria la profunda “la conversión”. Para la muestra, un botón, leamos el siguiente dato de la investigación “CÓMO MEJORAR A COLOMBIA: 25 ideas para reparar el futuro”: “Es cierto que Colombia ha tenido una gran transformación en materia religiosa. (…) No obstante, los cambios en estas prácticas sociales no siempre implican un cambio en la manera religiosa de ver la realidad social y el mundo. Una cosa es dejar de creer en Dios y otra dejar de ver las cosas a través del prisma de la religiosidad. (…) Nada permite concluir que tener fe en un dios es una garantía de mejor comportamiento moral. Más pareciera lo contrario. Al menos esto es lo que se observa en los datos de la Encuesta Mundial de Valores (EMV): mientras más secular es un país, menos signos de violencia, corrupción e ilegalidad existen, y viceversa“. Ustedes dirán bueno, puede ser una encuesta amañada, etc. Miren lo que dice Alberto Parra sacerdote jesuita: “Hay un enorme vacío ético entre nosotros. Mientras países laicos como Uruguay, ateos como Suecia, o paganos como Japón han desarrollado una elevada ética, los colombianos, supuestamente tan cristianos y tan católicos, nos hemos hundido en el mar de la miseria de la corrupción y la violencia”.

El profeta Amós ilumina un poco el asunto de la conversión, más allá del asunto cultual e intimista, cuando dice que “ritual religioso sin justicia social carece de sentido”: “Detesto y aborrezco sus fiestas religiosas; no me agradan sus cultos solemnes. Aunque me traigan holocaustos y ofrendas de cereal, no los aceptaré, ni prestaré atención a los sacrificios de comunión de novillos cebados. Aleja de mí el bullicio de tus canciones; no quiero oír la música de tus cítaras. ¡Pero que fluya el derecho como las aguas, y la justicia como arroyo inagotable!” (Am 5:21-24). Si, para “sanar la tierra” urge la conversión. No se trata de una conversión “intimista” que se centra en el individuo como fin; o una conversión “espiritualista” que se centra en “el más allá” ultraterreno; o una conversión “ritualista” centrada en el rito correcto y el “dios allí encerrado y controlado”; se trata de una conversión fraterna que se da en el individuo pero que lo invita a salir de sí mismo para encontrarse con ese “otro”, con Dios en el otro. Se trata, como dijo el papa Francisco, de una conversión a Cristo, hasta el deseo de “transformarse” en él, llegando a ser su imagen acabada, que explicará una manera típica de vivir, en virtud de la cual vivamos comprometidos con los grandes temas de nuestro tiempo, como la búsqueda de la paz, la salvaguardia de la naturaleza y la promoción del diálogo entre todos los hombres. Señor, sana nuestra tierra Señor.

Pastor de la "Iglesia Centro Familia Cristiano (Cartagena). Teólogo de la FUSBC. Papá de Danna & María José. Esposo de Berledys. Buscador incansable, amante de la asimetria del campesino radical aquel de Nazaret.

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