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Dejando de amar al amor romántico sexual

“Pensé que te amaba, pero en realidad solo amaba el amor que me otorgabas”, escribió alguien en un grupo de red social y eso me llevó a la reflexión. Las preguntas en las que introducen estas palabras se hallan caracterizadas con la mayor claridad: ¿qué significa en realidad amar el amor que se recibe de una persona? ¿Cuál es su sentido cierto? ¿Qué es lo que se está revelando al expresarse de esa manera?

En lo particular, creo que lo que se está revelando va más allá de lo que aparenta a simple vista. En una época donde se exalta excesivamente al amor romántico —lo físico, la apariencia, el contacto, las relaciones sexuales— y se le coloca en el más alto pedestal; en una era en la que se considera que “el amor es una cualidad espiritual omnipotente que tiene el poder de santificar cualquier cosa que se haga en su nombre” (Muehl); y en un tiempo en el que la palabra “amor” sufre de una constante devaluación y el amor en sí de un doloroso desamor, es importante —y hasta urgente— responder genuinamente a lo planteado. Deberíamos preguntarnos a la vez: qué es lo que está en juego si se responde o no. Aunque usted no lo crea: el amor mismo. Y está en juego porque todo esto forma parte de la iglesia. Se le ha interiorizado. Se le ha avalado y se le ha secundado. Se le ha enaltecido incluso. Sea de forma consciente, y más creo yo, de forma inconsciente, el contexto sexual ha guiado al siervo de Cristo hasta ver cosas en su Palabra que no las hay o lo ha engatusado para que vaya más allá de lo que permite la Escritura. Por eso es que está en juego el amor. Porque como dijo Jesús, nadie puede servir a dos señores, porque preferirá a uno más que a otro. Y si obedece a uno, desobedecerá al otro (cf. Mateo 6:24; Lucas 16:13).

La dependencia o afición extrema a algo

George Best fue un futbolista bastante aclamado en las décadas de los 60s y 70s. Jugando para el Manchester United obtuvo diversos títulos como la Copa de Europa (ahora Liga de Campeones), el Premio FWA al futbolista del año y el Balón de Oro. Sin duda que el éxito y el reconocimiento estaban a la orden del día en su rutina. Pero Best tenía un problema: era alcohólico. En una entrevista en la que se le preguntara sobre el tema, dijo: “Yo disfruto bebiendo alcohol, pero no lo necesito”. Algo quedó claro desde ahí: “The Best” (el Mejor), como se le conocía, no aceptaba que tenía una afición extrema. ¡No podía verlo! La misma afición se lo imposibilitaba.

Eso es, justamente, lo que sucede en la actualidad con el tema sexual dentro de la iglesia, pienso yo. No se puede ver —y por tanto, no se reconoce— que se tiene una afición extrema a lo sexual; lo que termina por volverlo nocivo para la salud y el equilibrio psíquico y espiritual de la persona, así como dañino y hasta destructivo para el avance del reino de Dios en la tierra.

Por ejemplo, el sitio web que fomenta la infidelidad matrimonial Ashley Madison, cuyo eslogan es “La vida es corta. Ten una aventura”, publicó los resultados de una encuesta realizada al azar entre 105,000 de sus usuarios para conocer su perfil religioso. El desglose fue el siguiente: evangélicos: 25.1%, católicos: 22.75%, protestantes: 22.7%, agnósticos: 2%, mormones: 1.6%, musulmanes: 1.5%, judíos: 1.4%, ateos: 1.4%, testigos de Jehová: 0.5%, hindúes: 0.3%. Con razón el título de la noticia que me llamó la atención: Los evangélicos son los más infieles, según Ashley Madison.1

Con respecto a la pornografía los resultados son similares o hasta peores. El artículo con título “Pastores y pornografía. Estadísticas alarmantes” publicado por el sitio web Quiero-puedo.com confirman de cierta forma lo anterior. Pero yendo directamente a los números, según una encuesta publicada por CNN y llevada a cabo por una congregación X, el 70% de los cristianos entrevistados admitieron luchar con la pornografía en su vida diaria, y según los resultados obtenidos por ChristiaNet y reportados por Marketwire.com, de 81 pastores encuestados (74 hombres y 7 mujeres), 98% habían estado expuestos a pornografía y 43% habían entrado intencionalmente a un sitio en la red sexualmente explícito. Patrick Means, por su parte, en su libro Las batallas secretas de los hombres reveló los resultados de una encuesta confidencial a pastores evangélicos y líderes laicos de la iglesia: 64% de estos líderes confirmaron que están luchando con la adicción sexual o una pasión vehemente a lo sexual incluyendo pornografía, masturbación compulsiva u otras actividades sexuales secretas. Y el Dr. Archibald Hart en su libro El hombre sexual dio a conocer los resultados de otra encuesta a 600 hombres cristianos acerca de la masturbación: 61% de los hombres cristianos casados se masturban y 82% de estos lo hacen, en promedio, una vez a la semana, 10% de 5 a 10 veces al mes, 6% más de 15 veces al mes y 1% más de 20 veces al mes. 13% de los hombres cristianos casados dijeron que sentían que era normal hacerlo.2

Pero esto es lo obvio y lo que tiene nombre, por así decirlo. Sin embargo, hay otra forma de revelar esa dependencia o afición extrema a lo sexual que no es tan fehaciente y suele pasar anónima.

Por ejemplo, varios versículos bíblicos son usados hoy para promover ciertas acciones y ciertos contenidos dentro del contexto sexual. De las palabras de Génesis 1:27-28ª, 2:23-24 y 9:1 se dice —directa o indirectamente, en broma o en serio— que además de la reproducción, de la complementariedad, y de la unión que hoy llamamos matrimonio, Dios también está ordenando aquí que se debe disfrutar del sexo, que hay que tenerlo día y noche, y que, subrepticiamente, hay que dejarle actuar de acuerdo con los tiempos y la frecuencia que dicte el deseo sexual. Del versículo en 1:27 la perspectiva homosexual cristiana dice, incluso, que, en cuanto a sexualidad, el ser humano es identificado aquí como masculino y femenino, no como esposo y esposa u hombre o mujer,3 lo que, si bien es cierto, los términos originales hebreos zakar y negebah no lo discuten, de igual forma el contexto del versículo (incluyendo el capítulo 2) no permite disociar eso “masculino” del hombre-esposo y eso “femenino” de la mujer-esposa. De lo expresado por Pablo en 1 Corintios 7:3-5 se ve igualmente presente la acción de disfrutar como medio de placer con estas palabras: el matrimonio es un acto sagrado por medio del cual la pareja hace un pacto de toda una vida de fidelidad para gozar de sus privilegios: ayuda mutua, procrear hijos y disfrutar del sexo,4 lo cual sucede también con lo expresado en versículos como Proverbios 5:15 y 7:18 donde se resalta con mayor prosopopeya la parte de sentir placer o de tener o poseer algo agradable dentro de la unión sexual y se deja en segundo plano aquello contra lo cual están pugnando los versículos en su contexto general: la lucha contra el adulterio.

Detengámonos aquí por un momento. ¿Qué es adulterio? Se podría decir que es egoísmo. La persona egoísta tiene un inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que le hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidar el de los demás. Por ende, lo lógico sería pensar que antes de casarse debería botarse el egoísmo si lo hay. Si todavía se lleva consigo, como diría Pablo, bueno le sería al hombre no tocar mujer y a la mujer no tocar hombre. Pero el egoísmo no solo tiene que ver con la acción de adulterar o con el adulterio propiamente dicho (mental o real). Éste vive también en la búsqueda del placer como medio o como fin en sí mismo. Argumentar, pues, la acción de “disfrutar” a través del pasaje citado o enfatizarla a través de los versículos de Proverbios, aun dentro del matrimonio, es, a mi juicio, abrirle la puerta al egoísmo, a ese deseo desmedido de recibir, de atender al propio interés que contradice al “no tienen potestad sobre su propio cuerpo” incluido por el apóstol en el pasaje aludido (v.4). Como diría Eileen Button: la misma cosa a la que renunciamos (el disfrutar como egoísmo en este caso) a veces clama dentro de nosotros como una “necesidad” de satisfacer. Y Jibsam Melgares: creo que el cuidado que se debe tener es no torcer el placer sexual conyugal y hacerlo un placer egoísta. La idea de Dios es que yo le dé placer a mi esposa y ella me lo dé a mí. Es decir, un placer desinteresado, que es fruto del amor genuino en la pareja.

Por último, otro ejemplo donde se puede ver esta afición anónima, creo yo, son las expresiones: “La entrega total de la pareja ocurre en la relación sexual”, “la sexualidad abarca e impregna la existencia humana” o “la sexualidad es una parte esencial de nuestro ser personas humanas y, por lo tanto, afecta todo nuestro enfoque de la vida y nuestras relaciones”. Pero entendámoslo bien. No se trata de despreciar los enunciados o de afirmar que están equivocados (de hecho, son correctos); sino de hacerle ver al lector que el ser humano se ha dejado engañar a partir de algo que es bueno. Como diría Theo Riebel, “el mal estaba presente también en el bien, escondido como un gusano en el corazón del árbol”.5

¿Qué es lo que pasa entonces? Que con ello silenciosamente se ha elevado a la sexualidad y a la acción de disfrutar u obtener placer a un lugar más alto del que deberían tener (tal como lo hace el mundo, que constantemente los presenta como algo imprescindible, superior y necesario con el fin de atraer adeptos o seguidores —ver 1 Juan 2:16 esp. NTV); por no poderlo ver todo desde la óptica de los dos primeros mandamientos del decálogo (Éxodo 20:3-4; Deuteronomio 5:7-9), esta elevación se ha vuelto un marco sin puerta, una tentación que ha transformado al contexto sexual precisamente en aquello que rechazan los mandamientos: en dios.

Conclusión

Después de lo expuesto hasta aquí, ¿tenemos que decir que disfrutar de la sexualidad dentro del matrimonio es malo? Ciertamente que no. ¿O que incluso el amor romántico es malo porque las relaciones sexuales que contiene son algo intrínsecamente sucio? Por supuesto que no. Lo malo está en amar estas cosas y en darles un o el lugar de privilegio en la vida. Adaptando las palabras del apóstol al contexto sexual: “Porque todos los males comienzan cuando sólo se piensa en lo sexual. Por el deseo de tener sexo, de disfrutarlo, muchos se olvidaron de obedecer a Dios y acabaron por tener muchos problemas y sufrimientos” (cf. 1 Timoteo 6:10). ¡He ahí el problema, querido lector! ¿A qué señor vamos a servir? ¿A qué señor le entregaremos nuestro corazón y le haremos Dios de nuestra vida? ¿Cuál de los dos será para nosotros como un tesoro, que de gozo, nos hará vender todo lo que tenemos para comprar el campo donde se halla escondido? ¿A cuál le rendiremos nuestras alabanzas y adoración diarias y a cuál vamos a honrar? Las respuestas a esas interrogantes definirán el curso que tome el verdadero amor en nuestra vida (¿se recuerdan de lo que está en juego?). Y nótese la cursiva. Pues no es lo mismo “amor romántico” (eros) que “amor” (ágape). El verdadero Amor es el ágape, que es sacrificial e incondicional (ver Juan 3:16). El eros es, simplemente, algo que el ágape lleva dentro cuando se le ha despojado por completo del egoísmo que lo define.

Finalmente, en el libro No te compliques 3 (pág. 123) planteaba un ejercicio que toma como base las palabras de Lucas 1:34-38 y que quisiera que efectuáramos acá. Imagínese, entonces, que se le aparece el ángel Gabriel y le comunica que el Dios altísimo ha decidido suspenderle el amor romántico de su vida (el eros de ahora en adelante estará vetado) y que Él puede hacerlo porque es soberano y todo le es posible. ¿Cuál sería su reacción? ¿Podría esbozar una respuesta similar a la que dio María: “Yo soy la esclava del Señor. Que suceda tal como me lo has dicho”,6 o trataría de cuestionar o debatir o hasta racionalizar semejante decisión? Lo que salga de su corazón será un buen medidor que indicará el lugar que ocupa para usted el contexto sexual.7

Es difícil comprender lo que nuestro continuo sentido de derecho hace a nuestros cuerpos y almas —escribía Button—. Nuestra cultura adora el placer y con profunda satisfacción reverencia a todas sus deliciosas ofrendas. A medida que lo “absorbemos”, podemos volvernos insensibles a nuestras necesidades, las hambres reales, en nuestras vidas.

Salomón Melgares Jr. es escritor, teólogo, informático y hondureño. Le gusta jugar ping-pong y el sabor de las galletas integrales mojadas en leche de soya. Actualmente reside con su esposa e hijo en la ciudad de Bandung, Indonesia.

3 thoughts on “Dejando de amar al amor romántico sexual

    1. Sí, la lucha siempre estará presente en la carne que es débil. Lo importante es la actitud de la persona que quiere agradar a Dios, lo que implica no darle el primer lugar de nuestra vida a lo que la carne ofrece en este caso (no hay que amarlo. Ver Mateo 6:21). Como lo escribió Pablo: no hay que dejarse dominar por nada, excepto por el Espíritu de Dios (1 Corintios 6:12; 10:23-24). Saludos y bendiciones 🙂

    2. Por otro lado, lo que ofrece la carne que es indebido no tiene que ser contemplado por el cristiano genuino, es decir, tiene que ser rechazado. Esa debe ser la actitud, aunque la carne débil quiera que se contemple o que se le dé lugar (¡he ahí la lucha! Ver Efesios 5:1-20).

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