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Cuatro palabras al servicio del enemigo

“Desde un punto de vista filológico no hay ‘malas palabras’. Toda palabra, cualquiera que sea la esfera de la vida material o espiritual a que pertenezca, tiene dignidad e interés histórico y humano”, escribe el filólogo, ensayista e hispanista judío venezolano Ángel Rosenblat.

Sin duda, tiene razón. Sin embargo, comenta enseguida José G. Moreno de Alba en su minucia del lenguaje: en lingüística suele definirse un registro como el “modo de expresarse que se adopta en función de las circunstancias”. No hay que olvidar que la lengua, además de ser un sistema abstracto de signos, es también un instrumento de comunicación. Como tal instrumento la lengua tiene múltiples registros. Expresiones que en determinadas circunstancias parecen adecuadas pueden resultar impropias en otras. Los registros de la lengua están condicionados, en muchas ocasiones, por la propia sociedad. Son los mismos hablantes los que determinan la calidad de mala que pueda tener tal o cual palabra en determinadas circunstancias.1

Si se notó, esto apunta hacia el ejercicio o usanza y no hacia las palabras en sí ni a su definición. Y tiene lógica, pues todo lo que es amoral (desprovisto de sentido moral y espiritual) dependerá de la “acción de usar” que se le dé, para que pueda tener —o seguir careciendo de— moralidad y espiritualidad (lo bueno y lo malo). Por lo tanto, ubicando ahora lo que se viene exponiendo a nuestro tema en cuestión, habría que decir que en nuestro contexto cristiano está sucediendo algo similar con ciertas palabras importantes de nuestro léxico. La tesis es esta: el uso que se le está dando a algunas palabras las está mudando de “buenas palabras” a “malas palabras” para beneficio del enemigo.

Sin pretender ser exhaustivo, el presente artículo presentará cuatro de estas palabras a partir de la Escritura y el pensamiento cristiano que puedan ―o más modestamente, que intenten― esclarecerle al lector cómo es que sucede esto, con la esperanza de que lo que aquí se diga resulte en algo positivo que impulse la reflexión y la deliberación.

1) La palabra “cristiano”

Creo que todos concordaremos en que la palabra “cristiano” es una de las palabras más importantes y con mayor peso de todas las que forman nuestro vocabulario espiritual. No solo porque la palabra apunta a Cristo, sino porque esta resume igualmente bien toda la “ley y los profetas”: cristiano significa profesar la fe en Cristo y, a la vez, hermano o prójimo.

Además, creo que también concordaremos en que la palabra “cristiano” asienta en su seno tanto a los que son entendidos como genuinos como a los que son entendidos como postizos, a los auténticos como a los nominales, y la gran mayoría de los que conforman el todo llamado “cristianismo” tiene una idea clara de esto.

Por último, sin duda también estaremos de acuerdo en que la palabra “cristiano” hace referencia igualmente a lo perteneciente o relativo a la religión como tal, es decir, a la profesión y observancia de la doctrina religiosa.

Pues es precisamente en esto donde se origina el descalabro: concentrarse únicamente en la profesión y en la observancia de lo religioso (el cuerpo-doctrinas-cargos-jerarquía-personas; cf. 1 Corintios 1:10-13) y olvidarse de aquello que concibe y dirige la profesión y la observancia (la cabeza-Cristo-Espíritu). El resultado, como es de esperarse: el abaratamiento de la palabra. Se le ha devaluado a lo sumo con ese proceder, por decirlo de otra manera. Y ahora la palabra “cristiano” no significa más que una simple religión. Ser cristiano ya no es ser más un seguidor de Cristo sino un partidario de un conjunto de acciones que describen bien a aquellos que llevan ese apelativo: reunirse los domingos, escuchar música cristiana y cantar coritos, predicar, hacer algo en el lugar de reunión, orar antes de comer. Y, por supuesto, ya no apunta más a la persona de Cristo, al conocimiento de Él y al estilo de vida que surge de ahí, sino a las personas partidarias de la profesión y la observancia religiosa.

Queridos lectores, esta es una realidad que debe inquietarnos en lo más profundo de nuestro ser. Pues como lo escribe el teólogo, el hombre y la mujer que se alejan del amor de Dios, arrastran a toda la tierra, incluso a todas las criaturas, en el torbellino de la aniquilación.2 Este abaratamiento, entonces, lo que origina es justamente eso: que los hombres y las mujeres que aún no conocen a Cristo sigan como están, alejados del amor de Dios. De ahí que se concluya que “el conocimiento de Dios no es un asunto privado, sino de una importancia pública de grandísima envergadura” (H. W. Wolff).

Pero también da como resultado que en el mundo de afuera, esto es, los que no han ingresado al reino de Dios, la palabra “cristiano” sea entendida nada más como un nombre, como un apelativo que llevan puesto, justamente, aquellos y aquellas que son nominales. Una especie de falsedad, por enunciarlo en otros términos; o de igualdad, por usar otro. “Para ser cristiano como este, mejor no ser nada”, dicen muchos en mi terruño. Nuevamente la conclusión del teólogo expresada arriba se agranda aquí como espuma de jabón.

2) La palabra “amor”

La palabra traducida como “amor” en la versión Reina-Valera 60 de la Biblia aparece 208 veces, lo que nos da la idea de la relevancia de la palabra. Pero ¿qué es amor? El apóstol responde así: Dios (1 Juan 4:8b). Y ¿cómo ama Dios? De manera sacrificial e incondicional: “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él” (1 Juan 4:9). Además, Jesús resumió toda ley en una palabra: amor (ver Mateo 22:37-40). Y Pablo, reconocido como una personalidad de primer orden del cristianismo primitivo, y una de las figuras más influyentes en toda la historia del cristianismo, se expresó así del amor, comparándolo contra la fe y la esperanza: “Ahora, pues, permanecen estas tres virtudes: la fe, la esperanza y el amor. Pero la más excelente de ellas es el amor” (1 corintios 13:13 NVI).3 Esto, pues, nos da la certeza de que el pensamiento bíblico tiene claro el sentido de la palabra y la representación mental que se debe formar a partir de lo que la Biblia revela.

Pero existe otro sentido y otra representación de la palabra “amor” que surge del pensamiento mundano, que también tiene claro hacia dónde quiere llevar a las personas con respecto a ese sentimiento. Tan claro lo tiene, que su ideología también se podría resumir en una sola sentencia: “hacer el amor”, lo cual apunta a lo romántico-físico-sexual exclusivamente. Unas cuantas frases podrán ilustrarlo: “Esa necesidad de olvidar su yo en la carne extraña, es lo que el hombre llama noblemente necesidad de amar” (Baudelaire); “el amor de los jóvenes en verdad no está en su corazón, sino más bien en sus ojos” (Shakespeare); “el amor no se mira, se siente, y aún más cuando ella está junto a ti” (Pablo Neruda); “tú tienes mi amor, si amarte es pecado, quiero ser pecador” (Camilo Sesto). Esto además, cuando se ha hecho firme, también tiene un “cómo” para hacer las cosas: “Si estás enamorado de dos mujeres a la vez, escoge a la segunda, porque si amaras a la primera, no te hubieras enamorado de la segunda” (Johnny Depp); “cuando hagas el amor con una mujer escúchala, cuídala y respétala, aunque no la ames” (Ben en CaptainFantastic); “hacer el amor es deshacer la luz, rehacer la historia, abandonar la cruz, morder el deseo, quitarse el disfraz” (Miguel Mateos).

Cuál de los dos puntos de vista del amor sigue el pueblo cristiano, es la pregunta crucial que debe responderse. En un marco general, habría que decir que el pueblo cristiano respondería con la palabra “amor” en la parte teórica. Pero en la parte práctica, respondería, sin lugar a dudas, con la frase “hacer el amor”, lo cual también es rebajarle la magnitud y el valor al término. Y si usted se está preguntando por qué esa deducción, solo tiene que ver la realidad cristiana que nos avergüenza, para confirmar la verdad particular de ese hecho.4 H. Walter Wolff dice esto en el capítulo Solo para teólogos de su libro Oseas hoy (pág. 92): “En cada generación, surge de forma nueva la tentación de que los teólogos (o líderes eclesiásticos en general) tomen como modelo lo que la opinión pública aprueba y lo que resulta simpático y agradable a la sociedad moderna… El mensajero de Jesús desperdicia su talento si se entrega a ellos. Muchos programas refinados de cultos modernos de la fertilidad nos incitan, con su actividad, a descuidar la sencilla adhesión a Dios”.

El contexto de esas palabras es la lascivia, la fornicación y la prostitución del pueblo de Israel imitando lo que hacían los Cananeos; algo con lo que los sacerdotes de ese tiempo consentían (Oseas 4:4-10). Por consiguiente, el sentido y la representación del amor que venían de Dios se cambiaron por el sentido y la representación del amor que venían del culto a Baal. En una palabra: ¡idolatría! No estamos tan lejos de esta versión del culto actualmente (¿o negará alguien esta verdad?). En un mundo donde el contenido sexual está por todos lados, muchos cristianos siguen haciéndole rituales imprescindibles y duraderos a este dios; cada uno con su utensilio particular,5 en los “lugares altos” de su predilección.6

Por eso es que al final de cuentas se pregunta el teólogo: ¿no será que falta entre nosotros el conocimiento de Dios porque nos faltan el amor y la fidelidad? ¿No será que no vemos en Jesús la palabra viva y vivida de Dios porque le dedicamos ciertamente nuestros pensamientos, pero separamos de él caprichosamente nuestra vida real, nuestro hacer y padecer, y nuestra conducta con respecto a los demás?

3) La palabra “bendición”

Una creencia religiosa que muchas veces es entendida como teología o evangelio sostiene que el caudal financiero y el bienestar físico son siempre la voluntad de Dios para la persona que le busca, y que la fe, el discurso positivo, y las donaciones a causas religiosas le aumentará la riqueza material. Según la enciclopedia, esta creencia religiosa ve la Biblia como un contrato entre Dios y los humanos: si los humanos tienen fe en Dios, él les dará seguridad y prosperidad.

Si bien es cierto, esta es una creencia propia de ciertas congregaciones denominadas pentecostales y carismáticas, la realidad nos confirma que su contenido ha penetrado por todos lados; especialmente lo que se relaciona con la palabra “bendición”. ¿Qué pasa en realidad? Que aquello a lo que en nuestro lenguaje cristiano se le llama “bendición” debería entenderse más bien como tentación. Me explico. Una vez que la persona ha colocado su amor o su admiración exaltada en alguien o en algo se convierte en pasión. Y cuando se está apasionado, es difícil pensar, reflexionar, entender y ver claramente. De ese modo la oportunidad amada o admirada que como tal no es mala, llega a convertirse en una apetencia vital. ¡Esto sí se puede ver y es lo único que se busca o se anhela! El resultado común de ese infortunio: la idolatría. No en vano una de las críticas que se le hace al promotor de este firme asentimiento es la irresponsabilidad y la promoción de la adoración a los ídolos (¿se acuerdan del culto a Baal aludido anteriormente? Lo material es otro de ellos).

En la práctica sucede esto entonces: cada vez que alguien pide oración o da un testimonio, lo que transmite como bendición es únicamente lo material. “Quiero que Dios me bendiga con una casa más grande. Ayúdeme en oración, hermano”. “El automóvil nuevo que había estado anhelando, por fin entró en mi garaje. Démosle gracias a Dios por su bendición”. “Dios me bendijo, hermanos, con un pasaje para dos personas a Israel. Alabémosle por su bondad”. “Estamos necesitando un ingreso mayor al que tenemos. Nuestro edificio ha crecido tanto, que las cuentas de luz, agua y mantenimiento nos están sobrepasando por mucho. Así que cuidadito le dan sus diezmos y ofrendas a causas de beneficencia, a alguien pobre, o a otras congregaciones. Ah, y no se les olvide orar para que Dios los bendiga con un salario más abultado”.

De esta manera las bendiciones espirituales, que son las que verdaderamente tenemos que buscar con vehemencia, no existen, se han borrado del idioma y del diálogo cotidiano. Por ende, no se buscan, no se piden, no se llama al que las provee ni mucho menos se le agradece por ellas o se expresan ante los demás. “Empéñense en seguir el amor y ambicionen los dones espirituales”, escribió el apóstol Pablo en una de sus cartas (1 Corintios 14:1 NVI). “Si alguno de ustedes no tiene sabiduría, pídasela a Dios”, escribió también Santiago (1:5 TLA). Y Jesús: “Pues si ustedes, aun siendo malos, saben cómo darles cosas buenas a sus hijos, imagínense cuánto más dispuesto estará su Padre celestial a darles el Espíritu Santo a aquellos que le piden” (Lucas 11:13 PDT). Asimismo, cuando Pablo oraba por otros a Dios, qué pedía: “…que puedan conocer su voluntad, y que tengan toda la sabiduría y la inteligencia que da el Espíritu Santo. Así podrán vivir de acuerdo con lo que el Señor quiere, y él estará contento con ustedes porque harán toda clase de cosas buenas y sabrán más cómo es Dios” (Colosenses 1:9-10 TLA). Por eso vale la pena citar aquí la acertada reflexión del teólogo: “Difícilmente se convence a nuestro viejo Adán de que no son los honorarios ni las ventajas o comodidades las que llenan de bendición la vida, sino solamente la entrega al tesoro de la Palabra de Dios”.7

4) La palabra “iglesia”

Lula y Pepe están muy contentos, hoy sus padres les van a llevar a un sitio muy especial. La mamá les ha dicho que allí encontrarán una nueva familia, más grande y diferente, pero una familia que se quiere, donde todos son amigos de Jesús. Así que mamá les estaba hablando de la Iglesia. Cuando han llegado, el sitio era muy bonito, había gente por todas partes y también muchos niños… De esa forma se dieron cuenta de que las personas que van a la Iglesia son todas una familia porque creen en Jesús y van a la Iglesia para recordarle. “Pues sí, aún se recuerda a Jesús ahí, aunque menos”, comentó alguien abajo del relato. “Se está modernizando mucho la iglesia, pronto harán un reality show sobre ella, verás”.8

Creo que esto deja entrever muy bien la realidad del significado de la palabra “iglesia”. Un doble significado, para ser más exactos: familia-comunidad y edificio. Sin embargo, según el contexto y el significado original de las palabras, para el diccionario bíblico la palabra traducida como “iglesia” tiene un solo significado:

La palabra “Iglesia” [ekklèsia, del griego ek-kalein – “llamar fuera”] significa “convocación”. Designa asambleas del pueblo (cf. Hch 19, 39), en general de carácter religioso. Es el término frecuentemente utilizado en el texto griego del Antiguo Testamento para designar la asamblea del pueblo elegido en la presencia de Dios, sobre todo cuando se trata de la asamblea del Sinaí, en donde Israel recibió la Ley y fue constituido por Dios como su pueblo santo (cf. Ex 19). Dándose a sí misma el nombre de “Iglesia”, la primera comunidad de los que creían en Cristo se reconoce heredera de aquella asamblea. En ella, Dios “convoca” a su Pueblo desde todos los confines de la tierra.

Si se notó, en ninguna parte de esta definición la iglesia es entendida como un edificio o como una construcción estable, hecha con materiales resistentes, para llevar a cabo un conjunto de cultos o ceremonias litúrgicas. Toda ella habla de una sola cosa: personas. ¿Por qué, entonces, se le llama “iglesia” al edificio o lugar de reunión? “Aunque no hay un punto en la historia en el que los cristianos acordaron llamar ‘iglesia’ al edificio —escribe J. Burkholder—, me atrevo a decir que este fenómeno se introdujo en nuestro lenguaje debido al error de ver el lugar donde nos reunimos como el lugar del dominio principal de Cristo”. O. Margenet, por su parte, responde a la pregunta con un comentario contundente: “Después de la ‘era apostólica’ se copió la costumbre pagana de construir templos a los dioses” dando a entender que ese desvío terminó por encapsular la palabra dentro de las paredes del edificio. Sea así o no, lo cierto es que la palabra “iglesia” como edificio ha terminado por engullir a la palabra “iglesia” como personas. Y no le hago de exagerado al especular que la gran mayoría de cristianos ni se dan cuenta de que existe esa definición engullida.

Toda esta depreciación, entonces, toda esta reducción y descenso, a lo que lleva es a repetir la historia. Llámesele templo, capilla, tabernáculo, lugar de reunión, campus, etc., el edificio ha llegado a convertirse, otra vez, en el punto focal de la travesía cristiana (¿otro ídolo?). En la página de aprendizaje judío, Torah.org, se puede leer lo siguiente: “Se podría decir que la apariencia cambiante del Templo (nótese la mayúscula) sirvió como señales; inspirándonos a mayores ambiciones espirituales”. ¿Acaso no es esto mismo lo que puede verse hoy en nuestra realidad cristiana? La apariencia, el control, el éxito como el mundo lo entiende y aquello que es objeto de una ocupación lucrativa o de interés, tal como aconteciera en los tiempos de Jesús (Mateo 21:12-13; Juan 2:13-16), vendrían a ser las “mayores ambiciones espirituales” desde un punto de vista negativo. Y desde el positivo: la vida cristiana misma; pues ser cristiano dentro del edificio es fácil; allí se ora, se canta, se leen las Escrituras, se levantan las manos, se escucha la enseñanza, y en general se vive como cristiano; instancias, pues, que no concurren en el día a día o que faltan o están ausentes.

Pero en la página citada también se puede leer esto: “Dios nos ordenó que apartáramos un lugar de alta pureza, distinto del mundo cotidiano y mundano. Este lugar sería el lugar del servicio piadoso puro, de los kohanim (sacerdotes) trabajando incansablemente en sus tareas, del cumplimiento de la voluntad de Dios”.9 ¿Acaso no es esto, a la vez, lo que puede verse hoy en nuestra realidad cristiana? El servicio a Dios se concentra ahí, en el templo. Peor aún: el servicio a Dios es entendido nada más como “hacer algo en el lugar de reunión”. Es —o ha llegado a ser— sinónimo de “ostentar un privilegio dentro del edificio”. Es —o llegó a ser únicamente— poner a funcionar los dones y talentos dentro de la capilla (¡ay de aquel que no lo haga!). La encomienda que recibimos de Jesús conocida como “gran comisión” y como “sermón del monte”, quedó, así, enclaustrada dentro del edificio al cual se respeta en sumo grado por su santidad, dignidad y grandes virtudes, y por lo que representa igualmente para el intelecto. Por eso tiene vigencia la reflexión de H. W. Wolff: “Las palabras del mensajero profético nos presentan esa situación de nuevo hoy a nosotros cristianos inseguros, en una iglesia que camina de una manera extraña”. Así como la tiene la reflexión de Jibsam Melgares: “El templo se ha convertido en el almud contemporáneo de la iglesia, donde se encapsula la luz que más bien debería ser liberada por toda la sociedad para iluminar y erradicar las tinieblas” (cf. Mateo 5:16).

Conclusión

Al inicio, decíamos, citando a Rosenblat, que toda palabra, cualquiera que sea la esfera de la vida material o espiritual a que pertenezca, tiene dignidad e interés histórico y humano. Sin embargo, José G. Moreno de Alba añadía a esto que la lengua está condicionada, en muchas ocasiones, por la propia sociedad, y que son los mismos hablantes los que determinan la calidad de mala —o malsonante, por usa su propio lenguaje— que pueda tener tal o cual palabra en determinadas circunstancias, lo que apunta, decíamos, al uso de las palabras, a si se les está empleando bien o en consonancia con su sentido o definición. “El que no se pretenda causar molestias —escribe Moreno de Alba refiriéndose a las palabras que suenan mal— no quiere decir que en efecto no se causen”. Creo que esto mismo es lo que ha venido sucediendo con las cuatro palabras que hemos desplegado en este artículo.

La intención del corazón al ejecutar o practicar en la forma que se hace alguna o todas las palabras que aquí hemos citado, no fue la de causarle una molestia o un trastorno al conjunto de creencias y preceptos que constituyen el cristianismo ni a sus seguidores, pero eso fue lo que al final ocurrió. Es solamente así que estas palabras, buenas como tales, apropiadas en su esencia y definición, se convierten en malas palabras para la práctica cristiana de cualquier variedad geográfica o social, malsonantes para el oído espiritual de la persona y de Dios, y dañinas para el reino de Jesucristo y su avance. En pocas palabras: mal uso es igual a cooperar con el diablo.

En el tremendo desafío que esto representa para la iglesia de hoy, debemos concluir exponiendo cuatro claras intenciones —una por cada palabra—, y aun cinco por las que tenemos que actuar y orar:

  1. Revalorizar con urgencia la palabra “cristiano”. Esto implica, ante todo, mirar constantemente a Cristo-Espíritu, dejando de funcionar en todo o en parte por sí solos.
  2. Vivir con urgencia el amor que procede de Dios. Esto implica que la teoría sobre ese amor tenga relación de igualdad o conformidad con la práctica, de la cual es correspondiente y correlativa.
  3. Buscar de forma genuina el reino de Dios y su justicia primeramente (Mateo 6:33). Esto implica creer que todas las cosas que estamos necesitando serán añadidas a su tiempo.
  4. Dejar con urgencia de usar la palabra “iglesia” para referirse al edificio. Esto implica, aparte de hacer el esfuerzo de usar otra palabra, darle al edificio y a la vida cristiana el lugar que verdaderamente deben de tener. Como acertadamente lo escribiera el teólogo: a veces parece hoy como si se renovara la iglesia con nuevos muros y tejados, con nuevas alfombras y lámparas. Los espacios son importantes, pero no por ellos mismos, sino en función de los hombres y las mujeres de cuya renovación se trata. El sentido de todas las renovaciones históricas sigue siendo la renovación hacia Dios.

Bonus

  1. No tener, verdaderamente, otros dioses. Esto implica “velar y orar”, como lo instara Jesús (Mateo 26:41), así como el desplome de todos los “lugares altos” y la combustión de todos los “utensilios de culto a otros dioses”.

Salomón Melgares Jr. es escritor, teólogo, informático y hondureño. Le gusta jugar ping-pong y el sabor de las galletas integrales mojadas en leche de soya. Actualmente reside con su esposa e hijo en la ciudad de Bandung, Indonesia.

1 comentario en “Cuatro palabras al servicio del enemigo

  1. Gracias mi hermano por compartir este texto. Necesitamos devolver el sentido semántico bíblico a las palabras con las que convivimos en nuestra cotidianidad.

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