brown tree on dried ground at daytime

El desierto: la misión de Jesús

Jesús no va por la historia saltándose los momentos tensos que trae la vida.1 Los afronta con libertad, pasión, sinceridad y paz. Cuando le duele algo, llora. Cuando le molesta algo, lo menciona. Esta actitud de Jesús frente a la vida se va gestando y configurando desde el inicio de su vida pública. El evangelio de Marcos nos narra esa experiencia de ‘aguante’ y ‘valentía’ frente a la vida en la experiencia de Jesús en el desierto. Jesús ha recibido el Espíritu en el bautismo y, contra todo pronóstico, no va directamente a la misión, sino que se toma un tiempo de pausa antes de anunciar la llegada del Reino.

Afrontar la vida con los momentos de ‘desierto’ y ‘misión’, con los momentos de soledad y encuentros, con los momentos de entrega apasionada y de oración silenciosa. Jesús es el maestro de la vida espiritual y de la vida de acción. Él sabe cómo configurar ambas cosas sin que una supere a la otra, al contrario, las integra a la perfección. Sobre esta ‘integralidad’ nos advierte el Papa Francisco cuando afirma:

No es sano amar el silencio y rehuir el encuentro con el otro, desear el descanso y rechazar la actividad, buscar la oración y menospreciar el servicio. Todo puede ser aceptado e integrado como parte de la propia existencia en este mundo, y se incorpora en el camino de santificación. Somos llamados a vivir la contemplación también en medio de la acción, y nos santificamos en el ejercicio responsable y generoso de la propia misión.2

El relato del evangelio de Marcos sobre el momento de desierto que vive Jesús es sumamente breve en comparación con sus paralelos (Mc 1, 12-13; Mt 4, 1-11; Lc 4, 1-13). Sin embargo, esta brevedad no le quita profundidad. En este relato, si nos dejamos mover por Dios, podremos aprender cómo enfrentar nuestro propio desierto cotidiano siguiendo el modelo de Jesús.

El texto de Marcos dice:

“De inmediato, el Espíritu impulsó a Jesús al desierto, donde Satanás lo puso a prueba durante cuarenta días. Vivía entre las fieras y los ángeles lo servían”.

Quiero reflexionar en torno a estos dos breves versículos sobre la experiencia de desierto que vive Jesús.

El impulso del Espíritu (Mc 1, 12-13)

El Espíritu impulsa a Jesús al desierto. Esto es importante porque para Marcos el desierto se presenta como el lugar del encuentro con Dios.3 De inmediato, al pensar en la ‘iniciativa’ del Espíritu podemos intuir que la iniciativa de ese impulso es de Dios. Él es quien impulsa a un grupo de esclavos a la liberación de Egipto por el desierto. Él es quien impulsa la experiencia de Jesús. Por eso, que Marcos diga que el impulso viene del Espíritu implica que “lo que sucede allí responde al estímulo de Dios. El Espíritu, que acaba de tomar posesión de Jesús, es sujeto de la acción”.4

Jesús, que está lleno del Espíritu que ha descendido sobre él (cf. Mc 1, 9-11) antes de iniciar su misión como palabra de Dios, como profeta del Reino, como hermano de los pecadores y marginados, vive la experiencia del desierto. En este espacio, que es lugar de soledad y de vida en oración, entreteje su experiencia en estrecha unión con Dios.5

Qué interesante es percibir esto en la vida de Jesús. Parece que es necesario el desierto como espacio de soledad, silencio y oración, para disponer el corazón, las manos, los pies, los ojos, los oídos para la misión. El desierto se presenta como el lugar para preparar el terreno interno a la misión. Misión que implicará encuentros y desencuentros, alegrías y tristezas, sonrisas y lágrimas. ¿Qué mejor manera de iniciar la misión que con un tiempo de silencio para escuchar la otra Palabra?¿Qué mejor manera de iniciar la misión que mirar en perspectiva el horizonte que se avecina? ¿Qué mejor manera de iniciar la misión que sincerarse con Dios en el silencio sobre lo que sentimos y pensamos de lo que viene?

Ese impulso del Espíritu conduce a Jesús a la soledad, lejos de los hombres y a solas con Dios.6 Solo en ese lugar despojado Jesús puede entregarle su corazón, sus preguntas, sus búsquedas e ilusiones al Dios que le llama hijo y le invita a proclamar que el Reino de Dios está entre nosotros (cf. Mc 1, 14-15). El desierto es el espacio para la sinceridad con Dios e incluso para las preguntas: “Querido Padre, esto es lo que quiero que pase. ¿Cómo lo ves? Querido Padre, esto es lo que espero. ¿Qué piensas? Querido Padre, esto es lo que creo que debo hacer. ¿Te hace sentido?”.

Según el relato de Marcos, Jesús paso cuarenta días en el desierto. Podemos entender esos cuarenta días desde su relación con los cuarenta años de Israel en el desierto.7 Sin embargo, me parece que hay dos connotaciones muy profundas. Primera, cuarenta días significa que el tiempo que Jesús pasó en el desierto implica un proceso completo. No es un tiempo a medias, apresurado o como un tiempo ‘molesto’ que está antes de lo importante, que sería la misión. Al contrario, el desierto en la experiencia de Jesús dura el tiempo que implica que se ha vivido como un proceso pausado, con calma, con serenidad, dando un paso a la vez. Segunda, cuarenta días significa que Jesús vive un desierto a lo largo de toda su vida.

A propósito de esto Silvano Fausti afirma: “Pero Él realizó a lo largo de toda su vida (cuarenta días) una conversión real a la pobreza, al servicio, a la liberación. Y es importante para nosotros, ya que: “… habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados” (Hb 2,18)”.8

En este sentido a veces corremos la tentación de salir del desierto porque no es ‘productivo’ o porque lo que realmente importa es la misión, la predicación, el anuncio, la catequesis, en fin. Nada más lejos de la experiencia de Jesús. Su desierto lo vive con toda la atención y pasión necesaria.

Esta experiencia del desierto como espacio para apostar por lo esencial y preparar la misión me hace pensar en la invitación y toma de conciencia que hace el Papa Francisco en la Evangelii Gaudium. En el numeral 77 afirma:

Reconozco que necesitamos crear espacios motivadores y sanadores para los agentes pastorales, «lugares donde regenerar la propia fe en Jesús crucificado y resucitado, donde compartir las propias preguntas más profundas y las preocupaciones cotidianas, donde discernir en profundidad con criterios evangélicos sobre la propia existencia y experiencia, con la finalidad de orientar al bien y a la belleza las propias elecciones individuales y sociales».9

Dicho esto, creo que necesitamos en nuestras comunidades crear espacios de desierto, buscar lugares desérticos y en ellos regenerar la fe, compartir las propias preguntas profundas y las preocupaciones cotidianas. Recuperar esta pedagogía del desierto y el modo de proceder de Jesús frente a ella nos ayudará a vivir espacios aparentemente ‘improductivos’, ‘desérticos’ con otra mirada, con otro corazón, con otro sentido.

Este impulso del Espíritu pone a Jesús en el espacio donde discierne en profundidad la propia existencia y experiencia para apostar, con una elección profunda, por un horizonte concreto. Y nosotros, ¿a qué vamos al desierto?

La opción libre por un proyecto

El termino que usa Marcos para decir “impulso” en griego es “ekballei” (ekbállō) que puede traducirse por “echado afuera”. Esto me hace pensar que el Espíritu saca a Jesús de su espacio y entorno vital y lo lleva a otro lugar, camino y tiempo: el desierto.

En relación con este otro espacio al que el Espíritu impulsa a Jesús, vale la pena no olvidar un detalle importante del entorno de Jesús. En su época se creía que el desierto era el lugar al que hay que volver en tiempos de crisis para abrirle caminos al Señor en el corazón del pueblo.10Desde esta comprensión el desierto de Jesús adquiere una connotación muy profunda, él va al desierto para descubrir allí los caminos de Dios: el reino, la comunidad, el discípulo, el servicio, la entrega de la vida. Y para dejar que esos caminos entren en el corazón, entren al lugar de la toma de decisiones más profundas.

Por eso, la expresión «el Espíritu impulsó a Jesús al desierto» es fuerte. El Espíritu no lo conduce a una vida cómoda. Al contrario, lo impulsa por caminos de pruebas, riesgos y tentaciones: el desierto. Me parece que, en esta experiencia del desierto, los discípulos podemos intuir por lo que le ocurre a Jesús que “buscar el reino de Dios y su justicia, anunciar a Dios sin falsearlo, trabajar por un mundo más humano es siempre arriesgado. Lo fue para Jesús y lo será para sus seguidores”.11

Dicho esto, si el desierto es el espacio donde Jesús descubre los caminos de Dios podemos concluir, por lo que ocurre después de esta experiencia de decisiones, del discernimiento, de las opciones, que Jesús opta libremente por el proyecto de Dios y se mantiene fiel. En ese sentido afirma Silvano Fausti:

Jesús permanece fiel al proyecto de liberación de Dios y se abandona a Él totalmente. En Jesús toda la humanidad dice sí y por este camino, en Cristo, realiza su objetivo. Así el hombre es reconstruido y nuevamente puesto en pie; y se vuelve a encontrar a sí mismo. Las tentaciones son las diferentes crisis, en las que nos debatimos: la desesperación y la desconfianza, las seducciones y los atractivos, que pueden llevar a una pérdida de la fe, de la esperanza y del amor. Pero crisis es también una situación de decisión. Por consiguiente, puede también llevar a tomar mayor conciencia, libertad y responsabilidad: a purificar y a dilatar nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor. La lucha de Jesús contra Satanás es el conflicto contra el espíritu del mal y contra las estructuras demoníacas de la sociedad.12

En fin, Jesús en el desierto decide por el proyecto del Reino. Por eso, una vez sale de él gasta toda su vida en servir a los destinatarios de este proyecto. De este modo el desierto se presenta como el espacio para mirar con perspectiva la misión a la que hemos sido invitados y apostar por ella desde lo más profundo de nuestro corazón.

Las tentaciones cotidianas de Jesús

Otro término griego importante de Mc 1, 12-13 es “peirazomenos”, traducido por “tentar”. Esta palabra se puede utilizar en tres sentidos: 1. En sentido neutral como “probar” o “intentar” (Cf. Hch 9, 26). 2. En sentido positivo como “descubrir el temple de una persona” (cf. 1 Cor 10, 13). 3. En sentido negativo como “buscar la debilidad de una persona” o “empujarla al pecado”.13

En el contexto de la experiencia de Jesús este término va a indicar que Satanás14 pone a prueba la fidelidad de Jesús al camino trazado por el Padre.15

Como hemos dicho anteriormente, en el desierto Jesús opta por el proyecto del Padre y, entendiendo la palabra “peirazomenos”, también es tentado a abandonar ese proyecto.16 Dicho de otro modo, Jesús es tentado en relación de su ser Mesías:

A pesar de que Marcos no nos ofrece una descripción detallada de la tentación de Jesús, es de suponer que estuvo motivada cristológicamente, pero tuvo que ver también con el ejercicio de la función mesiánica. Satanás -el nombre del diablo utilizado preferentemente por Marcos- es también adversario de Cristo en 8, 33; 3.23.26. Por consiguiente, antes de tomar posesión de su función mesiánica, Jesús es tentado en relación a ella.17

Hasta aquí podríamos pensar que la tentación se da únicamente en el espacio del desierto. Sin embargo, al mirar la vida de Jesús18 descubrimos que la tentación19 de abandonar el proyecto del Reino es recurrente.20 Por otro lado, podríamos señalar que la tentación en Marcos se entiende como la intención de que Jesús abandone los caminos de Dios, rechace el proyecto del Reino y en últimas, viva un no-servicio a los demás. Claramente observa Silvano Fausti este trasfondo en el texto:

Satanás pretende alejar a Jesús de su misión. En el Bautismo Jesús se ha consagrado al servicio. Ahora tiene la tentación de la actitud opuesta de no servir, que se le presenta a Él y a todos como “obvia”; ¿acaso no es más fácil o más eficaz “con un fin bueno” para la construcción del reino de Dios, en lugar de “servir” a los otros, “servirse” de todos eso. atajos maravillosos de todo tipo que el poder puede ofrecer? Esta es la perspectiva de vida para quien acepta las visuales mundanas. Pero el poder tiende siempre a ser opresión y no puede servir para liberar a ninguno.21

Ahora nos preguntamos: ¿Qué hace Jesús frente a las tentaciones que le acompañan toda su vida? Sin duda, renueva su “sí” al proyecto de Dios.22

A manera de ejemplo, mencionemos algunas de las tentaciones cotidianas de Jesús:

  • Vienen de los fariseos que le piden demostraciones de poder para evitarse el camino doloroso de la fe (cfr. Mc 8,11-13).
  • Vienen del mismo discípulo que acaba de confesar la fe pero que se intenta apartarlo del camino. A él le responde: “¡Quítate de mi vista, Satanás! Porque tus pensamientos (proyectos, caminos) no son los de Dios sino de los hombres” (Mc 8,33).
  • Vienen de su mismo corazón de hombre que le teme a la muerte: “Y decía: ¡Abbá, Padre! Todo es posible para ti, aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú” (Mc 14,35).
  • Vienen de los adversarios (los espectadores de la pasión y los sumos sacerdotes) que lo invitan a bajarse de la cruz: “¡Sálvate a ti mismo bajando de la cruz!… ¡Que baje ahora de la cruz para que lo veamos y creamos!” (Mc 15,30).

A modo de conclusión

Jesús sale del desierto habiendo vencido la tentación. Nosotros sus discípulos podemos ver en esa experiencia un camino abierto por el maestro que hace del desierto una vía transitable.23 No tenemos miedo de transitar nuestros propios desiertos porque él nos ha mostrado que es posible adentrarnos a esta experiencia y en ella renovar nuestro impulso apostólico, misionero, pastoral, espiritual y comunitario.

Además, justo después de la experiencia del desierto, Marcos narra que Jesús proclama de manera clara la llegada del reino de Dios (Mc 1, 14-15).24 ¡No ha vencido el Reino del Mal! Ha vencido la propuesta del Reino de Dios. Esto nos debe hacer reflexionar que la experiencia del desierto es necesaria para encontrarnos con Dios, descubrir sus caminos, optar libremente por su proyecto y disponer todo para que, en los desiertos cotidianos, renovemos nuestra intención de ser constructores del Reino de Dios.

En el desierto nos preparamos para ser servidores de los demás porque este es el proyecto de Dios:

La segunda perspectiva parte otra vez de la constatación de que el reino de Dios se realiza en Jesús de modo personal en la forma de servicio. Jesús está entre sus discípulos como quien sirve (Lc 22, 27). Este servicio de Jesús no se puede considerar como meramente humanitario. Sin duda que la comunión de Jesús con pecadores y marginados de entonces tenía para ellos también algo de humanamente liberador. Mas Jesús curaba las alienaciones de los hombres desde su raíz más profunda. La verdadera liberación traída por Jesús consistía en el perdón de la deuda ante Dios. La nueva comunión que traía e instituía era la comunión con Dios. Este servicio redentor le acarreó desde el principio la enemistad de sus oponentes (Mc 2, 1-12; Lc 15). Vieron en ello blasfemia contra Dios y lo condenaron a muerte. Seguimiento de Jesús significa siempre seguirlo en este servicio. «Quien quiera ser el primero, ha de ser el último de todos y servidor de todos» (Mc 9, 35 par). El servicio, el amor hasta al enemigo, o sea, el ser para otros, es lo que constituye la nueva existencia que Jesús abrió e hizo posible. En tal existencia hay que contar con todo, abandonarlo todo (Mc 10, 28 par), exponiendo hasta la misma vida (Mc 8, 34 s par).25


Bibliografía

Marco Enrique Salas Laure

Magíster en Creación Literaria. Estudiante de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana. Interesado en la espiritualidad y mística cristiana como presupuesto para una renovación eclesial. Creador del espacio digital: "Teología en casa". Actualmente propone la palabra teológica en el continente digital.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *