man standing in subway

Seguimiento de Jesús en pandemia

Seguimiento: la tumba vacía o Galilea

La eminente llegada de un pequeño virus (Covid-19) ha puesto en jaque la vivencia del seguimiento de Jesús en muchos de los que se reconocen como sus discípulas y discípulos. Varias personas que viven su experiencia de seguimiento en el seno de la Iglesia Católica han encontrado en este tiempo más sombras que esperanzas, más ansiedad por volver a lo de antes que nuevas intuiciones, más inseguridad por no hacer lo de siempre que capacidad de repensar el seguimiento. En estas respuestas ante el confinamiento, siento que se ha gestado la experiencia de aquellos que buscaban a Jesús en la tumba vacía y no en el seguimiento del que va delante de ellos a Galilea, a la vida cotidiana1 (Mc 16, 6-7). La experiencia del seguimiento personal y comunitario de la Iglesia en muchos lugares ha quedado perpleja y desorientada. En este sentido, más que salir rápidamente del confinamiento para volver a nuestras rutinas religiosas, me parece importante que nos preguntemos en qué medida nuestro seguimiento de Jesús ha impregnado la vida cotidiana y nuestra praxis.

Además, la experiencia de Iglesias vacías nos debe invitar a repensar si es que todo lo vivido, antes del confinamiento, ha sido simplemente un seguimiento de rutina y de palabra. Me parece muy interesante que este tiempo de confinamiento haya coincidido con la celebración litúrgica de la Pascua. Como he dicho anteriormente, en este tiempo hemos leído los relatos del encuentro entre las discípulas y discípulos de Jesús con su presencia resucitada. En este sentido, tengamos la valentía de reinterpretar la imagen de una iglesia vacía como nos propone Tomás Halik:

¿Son realmente nuestras iglesias las tumbas de Dios? En todo caso, las iglesias vacías tienen que evocar la tumba de la resurrección: “No está aquí. Él ha resucitado. Él te precede en Galilea”. La pregunta resuena con fuerza: “¿Dónde está hoy Galilea, donde nos encontramos con la vida de Cristo?”2

Dicho esto, creo que este tiempo incierto en sí, no ha traído una crisis nueva, sino que ha puesto en evidencia una crisis que la Iglesia ya venía intuyendo y que sigue vigente hoy.3 Me refiero a la crisis del encuentro personal con Jesús y el seguimiento de su persona. Por eso, no es extraño que el papa Francisco nos haga esta invitación al inicio de la Evangelii Gaudium: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso”.4 En este sentido, en toda la historia de la Iglesia encontramos algunos ecos de este movimiento de volver al seguimiento de Jesús. El teólogo Jon Sobrino lo expresa de este modo: “Siempre que la Iglesia ha pasado por momentos de crisis, relajación o desorientación, los cristianos más lúcidos han vuelto al seguimiento de Jesús -como lo hizo evidentemente D. Bonhoeffer- para encontrar orientación e identidad, relevancia y gozo en la vida cristiana”.5

Por eso, esta crisis que se pone una vez más en evidencia con la imposibilidad de continuar, al menos por un tiempo, con las rutinas cotidianas en las que manifestamos y expresábamos nuestro seguimiento de Jesús será positiva si, antes de volver, nosotros “nos vamos convirtiendo en discípulos de Jesús, es decir, en hombres y mujeres que vivimos de sus palabras de vida”.6 No porque lo litúrgico sea irrelevante ni porque las experiencias de oración que se viven en el templo sean intrascendentes al seguimiento sino y, sobre todo, porque lo esencial de la experiencia cristiana no se circunscribe a unas prácticas “templo-céntricas”. Sin duda, lo esencial de la experiencia cristiana es “el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.7

Finalmente, encuentro en las palabras José Comblin un reto del que no podemos rehuir si es que queremos tomarnos en serio el ser seguidoras y seguidores de Jesús. En su libro publicado en 1964, Comblin afirmaba:

El apóstol actual ya no es el monje, cluniacense o cisterciense… No es tampoco el monje predicador y mendicante que acompaña su predicación evangélica con el testimonio viviente de su desasimiento y mortificación. No es el misionero intrépido, luchador infatigable contra la idolatría o la herejía, el controvertista invencible, el defensor vigilante del rebaño de Cristo. Los apóstoles hoy son los cristianos conscientes, los cristianos que traducen en su vida cotidiana, en su vida “en el mundo” y “en medio del mundo” el espíritu del Evangelio y que anuncian el Reino de Dios en su vida diaria, en su “medio de vida”.8

Frente a este reto nos encontramos hoy, ¿cómo traducir en la vida cotidiana el espíritu del evangelio? Aparece aquí la experiencia de Pentecostés que también hemos vivido en medio del confinamiento. En esta experiencia se entretejen dos experiencias particulares: 1. El Pentecostés de Jesús, es decir, el momento en el que recibe el espíritu de Dios. 2. El Pentecostés de los discípulos que reciben el espíritu de Dios cumpliéndose la promesa que les hizo Jesús.

Encontremos en estas experiencias algunas luces e intuiciones al reto de traducir en la vida cotidiana el espíritu del evangelio. De este modo, atravesemos con valentía esta “espera de peguntas sin respuesta”9 porque “luego se impone la vida con sus rutinas. Pero sabemos que debajo de la piel, muy dentro, en lo profundo, late Dios”.10

El espíritu de Dios en Jesús

El Evangelio de Mateo (Mt 3, 13-17) nos presenta el bautismo de Jesús antes de que él vaya por los caminos de Galilea anunciando la llegada y presencia real del Reino de Dios. Esto es de suma importancia porque es una manera muy clara de decir que Jesús no se mueve por sus propios intereses o búsquedas autoritarias. La experiencia que vive Jesús en su bautismo nos deja claro que él vive y se mueve por “el espíritu de Dios”. Además, Él es capacitado por Dios para bautizar con ese mismo espíritu (Mt 3, 11).

El espíritu de Dios es aliento de vida que crea, envuelve y sostiene la vida de todo ser humano. Además, este espíritu es fuerza de Dios para renovar y transformar a los vivientes. Esta fuerza de Dios transforma el barro en un ser humano amado y acompañado por Dios: “Entonces el Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz aliento de vida, y el hombre se convirtió en ser vivo”.11

Esta misma experiencia vive Jesús. De tal manera que, se siente sostenido en toda su misión por ese espíritu del Padre. Se siente enviado a curar, construir y bendecir:

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la Buena Noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor. Lo cerró, se lo entregó al empleado y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Él empezó diciéndoles: —Hoy, en presencia vuestra, se ha cumplido este pasaje de la Escritura.12

El espíritu de Dios conduce a Jesús a vivir de esta manera particular y lo sostiene en su misión de ser un Mesías al revés. Por eso, Él “lleno de ese «Espíritu» bueno de Dios, se dedica a liberar de «espíritus malignos», que no hacen sino dañar, esclavizar y deshumanizar”.13

Esta forma de vivir desde el espíritu de Dios quedo tan impregnada en las discípulas y discípulos de Jesús que en Hechos de los apóstoles dejan este hermoso testimonio: “A Jesús de Nazaret lo ungió Dios con Espíritu Santo y poder: discurrió haciendo el bien y sanando a los poseídos del Diablo, porque Dios estaba con él”.14

Así vivió Jesús su experiencia de estar ungido por el Espíritu de Dios. Dicho esto, a nosotros, sus discípulas y discípulos nos viene bien preguntarnos frente a la celebración de Pentecostés: ¿Qué «espíritu» nos anima hoy cómo seguidores de Jesús?

El espíritu de Dios en la comunidad: Renovar la experiencia

El evangelio de Juan nos regala un arco narrativo muy interesante. Al principio nos relata el llamado al seguimiento que Jesús hace a Pedro y otros personajes (1, 35-51) y, al final, nos relata una vez más ese llamado al seguimiento de Pedro (21, 19.22). Con esto podemos decir que “sígueme” fue la primera y última palabra de Jesús a Pedro.

Este arco narrativo de Juan nos permite dilucidar que el seguimiento de Jesús es de suma importancia para el evangelista no solo en la presencia histórica del Maestro sino y, sobre todo, en la presencia pascual del mismo. Seguir a Jesús, sin contar con su presencia histórica, es otra forma de hacer vigente y presente su propuesta de amor y vida. Tan es así, que Jesús muchas veces les promete el Espíritu de Dios precisamente para animarlos a que, aún sin su presencia histórica, puedan seguirle con valentía y creatividad:

Si me amáis, guardad mis mandamientos; y yo pediré al Padre que os envíe otro Valedor que esté siempre con vosotros: el Espíritu de la verdad, que el mundo no puede recibir, puesto que no lo ve ni lo conoce. Vosotros lo conocéis, pues permanece con vosotros y está en vosotros.15

De esto brota una comprensión del Espíritu Santo (Espíritu de la verdad) como aliento de su presencia que da forma a lo que estamos llamados a ser (realizar sus mandamientos). Gracias a la presencia del Espíritu nos es posible alcanzar la vida de Jesús en nuestra propia vida. Gracias a la presencia del Espíritu nos es posible seguirle siempre más y mejor, en medio de nuestra historia y posibilidades cotidianas porque su espíritu permanece con nosotros y está con nosotros.

En este sentido, esa experiencia de seguimiento que vivió Pedro desde el inicio y que se renueva en el encuentro con el Jesús resucitado es el camino que hoy todos necesitamos recorrer y transitar una y otra vez de tal manera que, la experiencia de seguir a Jesús se renueve siempre.

Por eso creo que es importante renovar esta experiencia en clave de conversión. En este sentido José Antonio Pagola afirma: “Tal vez la conversión que más necesitamos hoy los cristianos es ir pasando de una adhesión verbal, rutinaria y poco real a Jesús hacia la experiencia de vivir arraigados en su «Espíritu de la verdad»”.16

Vivir arraigados en su Espíritu de la verdad (Jn 14, 15-21) no es otra que seguirle y en proceso ir acogiendo en nosotros este espíritu que nos permite vivir a la manera de Jesús. Sin embargo, no solo es repetir lo que Jesús hizo sino y, sobre todo, actualizar en nuestro contexto histórico. A propósito de esto, el teólogo Víctor Codina afirma:

Es un seguimiento histórico, del Jesús histórico de Nazaret que vivió entre nosotros y de una Iglesia que está encarnada en el mundo de la historia. No es una simple imitación mimética y externa de Jesús, sino un actuar como Jesús actuó, pero en la historia de hoy, es un seguimiento historizado y actualizado del proyecto de Jesús que es el Reino de Dios. Es un seguimiento que lleva al conocimiento vital de Jesús, a asumir sus opciones por los pobres, los pecadores y los que sufren, su estilo nazareno, su relación con el Padre, su conflicto con el anti-Reino, su muerte y resurrección.17

Por tanto, el seguimiento de Jesús tiene una estrecha relación con su regalo a la comunidad, es decir, con su espíritu. Por eso, podemos intuir que la crisis del seguimiento que antes hemos planteado es también una crisis del seguimiento sin este espíritu y sin esta fuerza renovadora y creadora. Una vez más nos enfrentamos a esta pregunta: ¿Qué «espíritu» nos anima hoy cómo seguidores de Jesús? Ojalá podamos responder que nos anima, en el seguimiento de Jesús, el espíritu de Dios que él nos ha querido regalar.

Con relación a esto podemos entender porque el papa Francisco habla de una renovación eclesial en clave de una renovación espiritual.18 Solo si nos renovamos todos espiritualmente tendrá sentido renovar las estructuras. De hecho, podemos afirmar que las estructuras eclesiales carecen muchas veces este Espíritu de Dios.19 Por eso, no nos debe ser extraño que el obispo de Roma dedique el quinto capítulo de la Evangelii Gaudium a dialogar sobre “Evangelizadores con Espíritu”. El Papa abre este capítulo entretejiendo una reflexión entre el ser evangelizador y la acción del Espíritu:

Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que se abren sin temor a la acción del Espíritu Santo. […] El Espíritu Santo, además, infunde la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia (parresía), en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente. […] Jesús quiere evangelizadores que anuncien la Buena Noticia no sólo con palabras sino sobre todo con una vida que se ha transfigurado en la presencia de Dios. Cuando se dice que algo tiene «espíritu», esto suele indicar unos móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y comunitaria. […] En definitiva, una evangelización con espíritu es una evangelización con Espíritu Santo, ya que Él es el alma de la Iglesia evangelizadora.20

Finalmente, el seguimiento de Jesús con este espíritu21 que él mismo acogió y luego entrego a sus hermanas y hermanos (Jn 20, 17) es “muy diferente de un conjunto de tareas vividas como una obligación pesada que simplemente se tolera, o se sobrelleva como algo que contradice las propias inclinaciones y deseos”.22

Seguimiento en el espíritu

Para esta parte final, quisiera retomar una de las expresiones que Ignacio de Loyola plasma en sus Ejercicios Espirituales. Ignacio en el numeral 104 de su obra afirma: “Pedir conocimiento interno del Señor Jesús para que más le ame y le siga.

Me parece muy interesante esta comprensión de Ignacio. Para él el conocimiento interno de Jesús trae como consecuencia más seguimiento y más amor. Podemos iluminar esta expresión recordando la tarea que Jesús le dice a sus discípulos cumplirá el Espíritu de Dios en ellos: El consolador, el Espíritu Santo a quien el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho”.23

Para el cuarto evangelio una de las tareas del Espíritu tiene que ver con enseñar. De este modo, la discípula y el discípulo conocen24 a Jesús y, en consecuencia, le pueden seguir y amar más. Por eso, conocer internamente a Jesús, por gracia del Espíritu, nos capacita para responder a ese don con un seguimiento y un amor cada vez más consciente, audaz, valiente e histórico. Más aún, “desde el Espíritu se comprende que Jesús es el ungido por el Espíritu, el Mesías, el Cristo, el Hijo enviado por el Padre para anunciar la buena nueva a los pobres, dar vista a los ciegos y libertad a los cautivos (Lc 4, 14-21)”.25 Por don del Espíritu comprendemos que seguimos a este Mesías al revés y por ese mismo don, le amamos y le seguimos en el camino que él nos ha mostrado como proyecto y horizonte.

En este sentido, el seguimiento en el Espíritu es “configuración existencial y mística con el Señor”.26 De tal manera que esta configuración y mística “prolonga y realiza la misión y el proyecto de Jesús en la historia y esto través de la comunidad de Jesús que es la Iglesia, Iglesia que camina hacia el Reino”.27

Dicho esto, conocimiento y más seguimiento-amor, como lo comprendió Ignacio, es la dinámica fundamental en la que nos movemos nosotros, sus discípulas y discípulos. Y es, precisamente esto, lo que celebramos en Pentecostés: que por la gracia de su presencia en medio de nosotros y en nosotros podemos conocer a Jesús, amarle, seguirle y hacer posible su estilo de vida en la realidad cotidiana de cada día. Este es el espíritu que nos debe impulsar a nosotros y que “según la promesa de Jesús, «vive con nosotros y está en nosotros». Lo escuchamos en nuestro interior y resplandece en la vida de quien sigue los pasos de Jesús de manera humilde, confiada y fiel”.28

A manera de conclusión

Esta desescalada progresiva que iremos viviendo para volver a la vida cotidiana, que hemos dejado en pausa a razón del Covid-19, ojalá no sea lo demasiado rápida que nos olvidemos de lo aprendido y discernido en este tiempo ni tampoco nos lleve a la tentación de hacer lo mismo que hacíamos antes porque, de ser así, habremos perdido la oportunidad de escuchar la voz de Dios e intuir por donde su espíritu nos pide movernos para responder mejor a su llamado de amor y amistad.

Ojalá este tiempo de confinamiento nos permita seguir renovando nuestro seguimiento de Jesús y volver a poner en el centro lo esencial de la experiencia: conocer, seguir y amar. Ojalá podemos responder con audacia y creatividad a la pregunta: ¿Qué «espíritu» nos anima hoy cómo seguidores de Jesús?

Que estas experiencias de Pascua y Pentecostés, que vivimos en Pandemia, se iluminen mutuamente de tal manera que, sigamos al Jesús resucitado con la fuerza del Espíritu de Dios y hagamos posible que su proyecto siga vigente. Vamos tras las huellas del resucitado, que va por delante de nosotros, movidos por el Espíritu que estuvo con Él y que ahora, si lo acogemos con valentía y amor, nos permite vivir a su manera sea en Pandemia o sin ella. Por eso, nosotros “no nos podemos detener, no podemos vivir mirando al pasado, pues el Resucitado «va por delante». Los discípulos de Jesús no somos solo miembros de una gran institución religiosa; somos seguidores del Resucitado. Él va también hoy «delante de nosotros»”.29

Finalmente, que el Espíritu de Dios que movió a Jesús a vivir y anunciar una buena noticia (Lc 4, 14-21) y que ha sido regalado a la comunidad de hermanas y hermanos de Jesús sea acogido por nosotros con mayor apertura para conocerlo, amarlo y seguirlo siempre más. Si nos atrevemos a seguir este camino “transformemos nuestro presente, en la voluntad del Padre que está en los cielos”.30 Y así, Pentecostés será cada día y todos los días.


Bibliografía

Magíster en Creación Literaria. Estudiante de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana. Interesado en la espiritualidad y mística cristiana como presupuesto para una renovación eclesial. Creador del espacio digital: "Teología en casa". Actualmente propone la palabra teológica en el continente digital.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *