A esta imagen de Dios hay que honrarla

 
 

Aquí comienza el episodio 9 de Notas Sueltas. Antes de arrancar con el episodio, quiero tomarme un minuto para agradecerles por estar escuchando. En el último par de semanas estas reflexiones han producido conversaciones muy interesantes con conocidos y desconocidos, esa magia de las redes sociales que lo hace a uno entrar en contacto con cualquier persona de cualquier lugar del mundo. Entonces quiero agradecerles a los y las que escuchan, y también a los que se animan a dejar comentarios en las redes o a escribirme por chat, eso hace que esto de verdad se convierta en un diálogo. Esa es la idea.

Hay gente que escucha desde varios países, naturalmente en Colombia, pero también en otros lugares de Latinoamérica, veo en las estadísticas de las plataformas de streaming que hay algunos oyentes en México, El Salvador, Argentina, Paraguay, Chile, Ecuador, Puerto Rico, Panamá, Venezuela, Perú, Honduras… es una lista larga, pero quiero leerla toda, porque si vos estás escuchando en este momento desde alguno de esos países, te quiero enviar un abrazo muy fuerte, con mi agradecimiento por tomarte el tiempo para escuchar. También hay algunos oyentes de España, de Estados Unidos y de países que me producen un poco más de sorpresa, como Irlanda, Alemania y Francia. De corazón gracias por estar aquí acompañando estas reflexiones, esto me anima mucho a seguir adelante con este proyecto. 

De paso, si están escuchando desde Apple Podcasts o iTunes, me gustaría pedirles que saquen un momentico para dejar una calificación, y si se animan, una corta reseña o comentario sobre qué tal les parece el podcast. Esto es muy útil para darle más visibilidad a este programa y que más personas lo puedan encontrar en sus recomendaciones.

Bueno, después de esta necesaria introducción, vamos al tema de hoy. Es un tema al que le estuve dando algunas vueltas por dos cosas, primero por un episodio de un podcast que escuché esta semana sobre Génesis 1 y 2, el show se llama The Bible Project y seguramente muchos de ustedes lo conozcan por sus videos en Youtube, que son geniales. Pues también tienen podcast con un montón de temas muy, muy, muy interesantes. Ah, bueno, la desventaja es que no está en español, pero si les va bien con el inglés les recomiendo que le den una escuchadita, seguro les va a gustar. Como siempre, vayan a las notas del episodio que ahí les dejo el link.

Entonces, ese episodio me dejó pensando bastante en lo que luego decidí que sería el tema del que quería hablarles en esta ocasión. Y esta tarde mientras íbamos a la iglesia, ah bueno, porque aquí ya algunas comunidades comenzaron a congregarse nuevamente, con las respectivas medidas de bioseguridad, y a nosotros nos gusta la adrenalina… entonces fuimos hoy a un encuentro de oración y en el camino nos fuimos conversando también sobre el tema. Siempre mi esposa me ayuda a redondear ese tipo de ideas, de paso un saludo también para ella, que me puse a mencionar países por medio planeta y a ella la tengo allí en la habitación de al lado mientras grabo esto… entonces un saludo y te amo.

En fin, les tiro la idea inicial: en Génesis 1 y 2, en el relato de la creación, encontramos la base de lo que será el resto de la narrativa bíblica y de toda esa tensión que se crea respecto a los planes de Dios con los humanos. Porque en ese relato se encuentra la creación de la especie humana como la cúspide de la obra creativa de Dios, su Capilla Sixtina. Dos seres, hombre y mujer, creados a la imagen de Dios. Y bueno, esta expresión ha dado para sacar muchas conclusiones, ¿cierto? Entonces se puede hablar de los atributos que nos hacen únicos como especie y nos distinguen de los otros animales, y pues nos hacen parecidos a Dios: la capacidad creativa, la racionalidad, la capacidad de experimentar la espiritualidad. 

En este orden de ideas, hay una cualidad humana que se podría extraer también de ese relato que también me gusta señalar cuando converso al respecto, y es la capacidad de apreciar la belleza. El texto dice que Dios creó unos árboles que producían fruto y otros que eran bonitos a la vista. Hay una traducción que dice “árboles buenos de ver”. Pues uno entiende desde punto de vista práctico que haya árboles buenos para comer, importante mantener alimentada a la creación, pero si uno se pone a pensar, los árboles buenos para ver al final no son como tan importantes, desde un punto de vista utilitarista. Claro, ahí entraría uno a ver la función de la belleza, de la estética… pues creo que eso también nos puede poner a pensar en un Dios que nos hizo con la capacidad de disfrutar las cosas bonitas, simplemente por el hecho de que son bonitas, y ahí cabe el arte, la arquitectura, la poesía, la sensibilidad artística en general.

Por ejemplo, en ese tipo de detalles está lo único del enfoque bíblico sobre el origen del mundo. Porque es que ocurre un fenómeno desde hace un par de siglos, y es tratar de darle un peso científico al texto bíblico. Mi opinión como creyente, con formación científica además, es que eso es un exabrupto, por decirlo de algún modo. Es una reacción, entre otras cosas, que confunde la verdadera esencia y la intención de que existan esos textos, desde el punto de vista humano, y de la composición y el contexto que hizo que esos textos fueran escritos, como también desde el punto de vista espiritual, de la razón por la que Dios tuvo la intención de hacer que esa escritura llegara a nuestras manos, para los que creemos en la inspiración divina de la Biblia.

El objetivo de los autores no era transmitir un conocimiento científico, sino proveer de unas reflexiones espirituales respecto al origen del hombre, explicar la razón por la que estamos en este mundo, por qué existimos, cuál es nuestro propósito, desde el punto de vista espiritual, desde la perspectiva de Dios. Ahí está el verdadero milagro de la inspiración, poco sentido hubiera tenido que el Espíritu Santo quisiera revelar principios de mecánica cuántica y de biología molecular a gente que no lo iba a entender, a las tantas generaciones de creyentes en tiempos anteriores a la ciencia moderna. Es más, incluso a nosotros, que seguimos tratando de descubrir el mundo y de explicarlo desde la observación científica.

Aquí hablando sobre esto, se me ocurre una analogía con el fenómeno que pasó en el arte, específicamente en la pintura, cuando durante la segunda revolución industrial se inventó la fotografía. ¿Qué sentido tenía seguir pintando cuando existía un artefacto que capturaba en cuestión de segundos? Bueno, aunque al principio no era tan cuestión de segundos, creo que el daguerrotipo, el primer aparato fotográfico, necesitaba unos tiempos de exposición muy largos, como de 10 minutos… pero en todo caso, mucho más rápido que pintar un retrato sí era, y además rápidamente se fue perfeccionando técnicamente. 

Supongamos que los pintores se hubieran dedicado a competir con la fotografía, iban a tener todas las de perder. Pero es que la pintura no se trata de reflejar la realidad de manera fidedigna, aunque con el paso del tiempo también se han desarrollado técnicas de hiperrealismo y gente muy tesa, que logra unas pinturas con un detalle impresionante. Pero en aquel entonces, lo que surgió como respuesta en el arte fueron movimientos como, por ejemplo, el impresionismo, una manera de capturar la esencia de una imagen a partir de una sensibilidad artística, de composición orientada a los detalles, a abstraer de la realidad visual una expresión artística. Grandes expositores, genios de la pintura, Monet, Renoir, Degas… me perdonarán los oyentes de Francia, ¡espero que no salgan espantados! Y de ahí para adelante, movimientos más y más abstractos, tratando de deconstruir esa percepción de la imagen y traduciéndola en arte, el posimpresionismo de VanGogh, el cubismo de Picaso, el surrealismo de Dalí… Ya me dieron ganas fue de hacer un podcast de arte…

Pero espero que me esté haciendo entender con este paralelo que trato de hacer aquí. Esa tensión entre la fotografía y la pintura hizo mover hacia adelante al arte. Algo así pasó también con la tensión entre ciencia y teología, no es cuestión de ponerlas a competir a ver cuál explica mejor la realidad, al contrario, cada una que se ocupe de su campo, la reflexión teológica sigue adelante y sigue explicando los fenómenos que competen al campo de la espiritualidad, del conocimiento de Dios, de nuestra relación con esa parte inmaterial que está por fuera del campo de acción de la ciencia. Así que cuando uno se acerca a textos como Génesis 1 y 2 con esa perspectiva, se le eliminan muchos conflictos innecesarios de la cabeza, y empiezan a surgir esas verdades espirituales.

Pero bueno, avancemos hacia el tema al que quiero llegar. Lo bueno de un podcast es que ustedes lo están escuchando sin afán, ¿cierto? Me perdonan que me vaya un poco por las ramas. Y hablando de ramas, en las ramas del árbol de la ciencia del bien y del mal se encontraba la serpiente… no, mentiras. Quiero llegar es a la parte de la imagen de Dios.

La gente de The Bible Project lo hace caer en cuenta a uno de algo muy interesante en ese episodio que les mencioné al principio, y es que el vocablo que se utiliza en el texto para referirse a que Dios hizo a los humanos como una “imagen” de sí mismo, es la misma que se utiliza para la fabricación de ídolos. O sea, básicamente Dios hizo un “ídolo”, una “imagen” de sí mismo. 

Eso me puso a pensar, en la ironía de que Dios que aparece en Éxodo siendo tan tajante con respecto a la fabricación de imágenes, se ve en una primera instancia haciéndonos a nosotros, fabricando una imagen de Dios. Y bueno, después pensé que precisamente por eso sería que Dios prohibió hacer imágenes suyas, porque Él ya había hecho una: nosotros. Qué sentido tiene hacer una imagen para honrarla, para servirla y humillarse ante ella, si ya tenemos una imagen de Dios hecha por Dios. Pues honrá a esa imagen mía, quisiera decir Dios, ¿quieres servir a una imagen mía? Ahí está: tu hermano. Tu vecino. Tu prójimo. Esta es la imagen de Dios que hay que honrar.

De nuevo, si tienen la oportunidad de escuchar el episodio de The Bible Project, es tenaz, porque hacen un paralelo entre cómo los reyes de las grandes potencias hacían imágenes suyas para poner a la entrada de sus reinos, y aparece esta imagen de Dios en el jardín que representaba el reino divino… es brutal. 

Pero entonces continuemos desarrollando esta idea de las personas como imagen de Dios, una imagen que se merece mi servicio, que se merece mi honra. Claro, pues esta metáfora seguro que es chocante, sobre todo para los protestantes que traemos en la sangre esa iconoclastia, esa sospecha y ese rechazo a todo lo que se vea, huela, se parezca a un ídolo. A un ídolo físico pues, a un santo, una virgen, un divino niño, lo que sea. Los otros ídolos, como el dinero, la opinión del pastor, mi sana doctrina, todas esas cosas ante las que nos inclinamos sin dudarlo, pues no nos molestan tanto… 

Pero, pensémoslo por un momento. Si empezamos a ver al otro como portador de la imagen de Dios, muchas cosas cambian, ¿no? Imagínense que Dios hubiera dejado una imagen artística, una escultura, una estatua, un cuadro… en fin, ¿cómo la trataríamos? ¿cómo nos dirigiríamos a esa imagen? ¿con qué amor y respeto velaríamos por esa imagen, por su bienestar, porque estuviera en condiciones óptimas? Bueno, eso es lo que Dios quiere que hagamos con el otro, con el prójimo, con el próximo, que es el vocablo de donde viene la palabra prójimo.

Y, ¡oh sorpresa! Cuando le preguntaron a Jesús cuál era el mandamiento más importante, respondió con un empate técnico: Amar a Dios, y amar al prójimo. Noten que Jesús dijo: el segundo es semejante, es equivalente, es la expresión que se usa en el relato de Mateo. Amar al prójimo es igual de importante que amar a Dios. Servir al prójimo es igual a servir a Dios.

Y eso de servir al prójimo tiene dos connotaciones a las que quiero señalar también, la primera es que identificamos al prójimo con mi semejante. Utilizamos mucho esa expresión, ¿no? Mis semejantes. Pues, curiosamente, Jesús señaló como el prójimo al diferente. Porque es más bien fácil ser buena gente con el que se parece a mí, que le gusta el mismo equipo de fútbol, el mismo tipo de música, los mismos predicadores, etc. Pero el diferente, eso es otro cuento. Y ese es el reto.

Y la otra connotación que se le puede dar a esa idea del servicio al prójimo, es que la iglesia, las organizaciones eclesiásticas, han privatizado ese servicio. Se adueñaron de la manera de servir y construyeron toda un discurso y una canalización de lo que se supone que debe ser servir a Dios. ¿Cómo sirvo a Dios? La respuesta: ministerios… muchos ministerios para todos, ministerios everywhere.

O de pronto eso fue solamente en la iglesia mía. ¿Quieres servir a Dios? Vení para acá, a trabajar en la iglesia, ministerio de canto, de evangelismo, de intercesión, de niños, sala cuna, corderitos, sembradores, samaritanos, incircuncisos… esos nombres que les ponían a los salones de niños, qué pecao… Entonces se le tiene el ministerio de aseo, de pintura, de bienvenida, de repartir los himnarios, de recoger las sillas, de servir los tintos. Y por encima de todos, el maravilloso y más importante ministerio: predicar. El cupón dorado. Si sos bueno para predicar, sos el rey, los demás son puros oompa loompas.

Es impresionante, el hiperactivismo al que nos ha llevado esa idea de gastarse en el servicio, en las actividades de la iglesia, cuando el verdadero servicio al prójimo está en ver qué necesita y cómo le puedo dar la mano. En lo material, claro, en las necesidades del día a día. Y también en lo emocional, en lo afectivo, en la dignidad como persona, en hacerlo sentirse apreciado, querido, importante, aceptado. Tristemente muchas de las prácticas de las iglesias apuntan en la otra dirección, pero desde que haya buena alabanza y buena prédica, estamos cumpliendo con el servicio a Dios.

Pero la ética cristiana sí le apunta a eso, justamente. A suplir las necesidades físicas y emocionales del otro. Está en el discurso de Jesús, está en el discurso de los apóstoles. Por eso es tan absurdo que las prioridades en muchas comunidades cristianas estén tan invertidas, a los líderes no se les exige inteligencia emocional, lo que se conoce como habilidades blandas, no se les exige esos estándares éticos del evangelio, de ser dadivosos, generosos, comprensivos, pacientes, perdonadores… No, se les exige que sepan de Biblia, que sean histriónicos, que sepan predicar. Es más, se les perdona que no sean todo lo otro, que sean un anti-tipo de la ética cristiana, por eso nos aguantamos líderes presumidos, arrogantes, mal geniados, líderes que no toleran puntos de vista diferentes, que no soportan la contradicción… pero se les aguanta todo eso con tal de que sean predicadores: ¡es que cómo lo usa el Señor para predicar la Palabra!  Y claro, tristemente, como son los líderes somos los que los seguimos. Por eso tan pobre la práctica de los principios del evangelio, pero eso sí, llenamos Facebook de versículos.

Por cierto, sobre el hiperactivismo, mi esposa me envió hace un ratico nada más una reflexión de Marcos Witt, que les dejo en las notas del episodio, que dice más o menos: “no confundan hacer mucho con ser muy usado por el Señor, hacer más cosas no es sinónimo de ser más espiritual”. Creo que cabe muy bien con lo que estamos hablando hasta ahora.

¿Será que el servicio al prójimo, la honra al otro, al semejante y al diferente, es exclusivo de hacer cosas en la iglesia o cosas aprobadas por la iglesia? La verdad lo dudo mucho, mi opinión es que eso no fue ni de lejos lo que enseñó Jesús. Es más, la primera iglesia, lo que uno ve en el libro de Hechos, es que el servicio al prójimo era precisamente eso: una iglesia que se interesaba por los que no tenían qué comer, por los que no tenían sustento, una distribución igualitaria de los recursos. Vean, cuando Jesús envió a los setenta, o setenta y dos, las instrucciones fueron: vayan y sanen, anuncien el reino de Dios… vayan a las casas y denles paz. Me parece tan lindo eso: denles paz. Paz a esta casa. Cómo sería de diferente el mundo, cómo verían de diferente a los cristianos si esa fuera nuestra consigna: llevarle paz a la gente. Contarles que el reino de Dios tiene las puertas abiertas para ellos.

Yo veo a ese Jesús que le decía a la gente: vendan lo que tienen y dénselo a los pobres, hagan tesoros en el cielo. Yo no sé cómo los cristianos que somos tan buenos para coger las palabras de Jesús y volverlas instrucciones literales, cómo hemos hecho para hacernos los locos con esas instrucciones tan directas de Jesús… ¡las maromas exegéticas que hay que hacer para sacarle el cuerpo a ese mandamiento! Ah, pero el de coger serpientes con las manos, ese sí… los cristianos sí es que somos una cosa muy rara.

En fin, sé que he dado muchos brincos y hablado como de muchas cosas, pero esas son las reflexiones que quiero dejarles. Ustedes sabrán disculparme, entonces voy a tratar de redondear: Primero, quería hacerlos pensar en que en el otro, en mi prójimo, ahí está la imagen de Dios. Y Dios quiere que yo aprenda a amarlo como imagen de Dios, a darle esa dignidad y a honrarlo y servirlo como se lo merece.

Segundo, esa honra y ese servicio no significa necesariamente un servicio eclesiástico. Debe ser algo del día a día, con todas las personas. El ejemplo de los primeros cristianos que se lo tomaron en serio, vendían sus propiedades y repartían para que nadie sufriera escasez.

Hoy en día la iglesia se ha autoasignado esa exclusividad del servicio y para servir a Dios hay que hacerlo a través de sus ministerios, de su cobertura, ese concepto que me sigue pareciendo tan raro… Y para dar recursos, también. Entonces nos enseñan a diezmar, a ofrendar… Esto es un tema tan polémico, si diezmo, si primicias, si porcentajes, si ofrendas voluntarios. Y el manejo tan pobre que se le da a esos recursos en tantos casos, tan poco transparente. Sin hablar del porcentaje ridículo de plata de los fieles que se va a temas administrativos y de infraestructura, en vez de servirle a las necesidades reales de las personas. Pero pues no me voy a poner a torear ese tema ahora.

El asunto es que servirle al prójimo con mis bienes también es algo que Jesús nos enseñó. Y el asunto es que no se nos puede olvidar que Dios no es dueño solamente de lo que se va en la bolsa de la ofrenda, sino también de lo que queda en mi billetera. Ese saldo en mi cuenta de ahorros, eso también es de Dios. No es suficiente con sacar una platica cada domingo para ofrendar o diezmar, vivir el evangelio debe llevarme a poner a disposición de los otros mi casa, mi carro, mis capacidades, mi tiempo… “Hagamos bien a todos… no nos cansemos de hacer el bien”, son frases que encontramos dirigidas a los cristianos. Eso no tiene nada que ver con predicar, con ministerios. Es más, predicar no tiene tanto impacto a fin de cuentas, para toda es importancia que le damos. 

O sea, yo difícilmente me acuerdo de 2 o 3 prédicas que haya escuchado en mis casi 40 años de vida. Pero, ¿saben qué no se me olvida? Esas personas que me han dado la mano en momentos difíciles, que sacaron de su tiempo para escucharme cuando lo necesitaba, que me acogieron en su casa cuando otros me dieron la espalda… Eso no lo olvidaré jamás, eso sí marcó la diferencia, ahí vi el evangelio hecho real para mí a través de esos hermanos. Y ¿saben qué? Ahora que lo pienso, la mayoría de esa gente que ha marcado esa diferencia en mi vida, ni predicadores son.

Gente, vamos a servir, pero de verdad servir al otro. De eso se trata. Dios puso su imagen en los humanos, en los que se parecen a mí y en los que no, incluso en esos que creo que están tan lejos de Dios y por eso se merecen solamente su ira… esos también se merecen… no, esos sobre todo se merecen que estemos dispuestos a servirles, a mostrarles la gracia. Ese es el llamado del evangelio, que vivamos el amor de Dios y el amor a Dios unos con otros. Y esa sí es una imagen de Dios que vale la pena honrar.

Músico, publicista y físico (en ese orden). Desarrollador y administrador del sitio web de TeoCotidiana. Creador del proyecto Cancionero Cristiano. Felizmente casado con Maria Alejandra y felizmente papá de Juan Martín.

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